Érase una vez un hombre como todos los demás, normal, de cualidades positivas y negativas. Su único pecado: pensar y actuar diferente. Una noche, repentinamente enemigos a su casa llegaron y sus manos ataron, argumentando que así nada malo podría hacer, aunque olvidaron decir que tampoco nada bueno, mientras que aquellos y otros, patrocinadores silenciosos del atropello, con defectos y virtudes sus vidas continuaron. Al correr de los años algunos ciudadanos, ante la culpa de conciencia en su auxilio llegaron y al hombre desataron, exclamando a viva voz: ‘Ya eres libre’. Lamentablemente el arrepentimiento tardío llegaba pues las manos del hombre totalmente atrofiadas estaban (La parábola del hombre de las manos atadas).
En la Fundación Libertad, no somos en absoluto antivacunas, pero con firmeza nos oponemos al establecimiento obligatorio del denominado Código QR de movilidad. Abogamos por un estado de derecho y en esta tribuna denunciamos lo que consideramos 'un abuso de poder sin precedentes'; un 'golpe de Estado sanitario' por las restricciones que eso significará para la movilidad de aquellos que discrepamos, además de lo peligroso que es, que el Estado posea en una base de datos información privada e íntima de los ciudadanos que eventualmente pueda utilizarse como forma de control y porque no decirlo hasta de extorsión. La historia está repleta de ejemplos de lucha por los derechos y libertades, incluso navegando contracorriente ante la legalidad, más no legitimidad de las normas que en ese momento obligaban. Recién el 17 de mayo 1990 la Organización Mundial de la Salud (la misma que hoy pretende imponer, más no convencer) en un acto de arrepentimiento elimina la homosexualidad de su lista de enfermedades psiquiátricas, mientras que en Panamá se despenaliza el 31 de julio de 2008, cuando entró en vigencia el Decreto presidencial 332 mediante el cual se derogó el artículo 12 del Decreto 149 del año 1949. Antes de esto, todo acto homosexual era considerado un delito bajo el cargo de sodomía.
Desde el principio hemos sido conejillos de India en un laboratorio mundial de hipótesis que ni a teoría llegan, pero que aun así pretenden imponerlas como leyes de obligatorio cumplimiento.
El hecho de estar vacunado no es garantía de nada. La milagrosa dista de ser lo que pregonaron era. Hoy estamos ad-portas de una tercera dosis y sin pruebas fehacientes de ser la solución.
Pero ¿cuán obligatoria es la vacunación? A nuestro juicio debiera serlo únicamente de existir un peligro de carácter inminente y extraordinario para la salud pública, considerando además que la obligatoriedad sólo puede tener una vigencia temporal cuya duración no puede ir más allá de las causas que hubieran originado el peligro, debiendo desaparecer tales medidas tan pronto como las causas hayan desaparecido, puesto que en contrario serían totalmente ilegales y vulnerarían el derecho a la integridad física, a la libertad y a la intimidad personal.
Dentro del campo del Derecho hay conceptos que para los no expertos en la materia pueden sonar similares e incluso se pueden llegar a confundir, pero realmente no son lo mismo. Es lo que ocurre por ejemplo con los términos legal y legítimo. La similitud de ambos conceptos hace que con frecuencia se entienda que se trata de una misma cosa, cuando lo cierto es que la definición de legítimo y la de legalidad son diferentes. La principal diferencia es que legalidad hace referencia a algo que se encuentra bajo una realidad concreta, mientras que legítimo es algo que tiene trascendencia más allá de lo legal, relacionado de forma directa con el interior de la persona, su libertad y sus creencias. La legitimidad se gana, no se impone.
El autor es miembro de la Fundación Libertad
