Uno de los mantras preferidos del ecologismo se sustenta en el principio holista: todo está interconectado –al menos en el planeta Tierra– de forma que cualquier acontecimiento, por local que sea, afecta a la globalidad de la vida. Spielberg, a través de su primera película sobre el Parque Jurásico, contribuyó a extender la consideración holista convenciendo a millones de personas de que el vuelo de una mariposa en China puede causar un tornado en Nueva York.
Como los tornados no abundan en Manhattan, semejante visión peca de ingenua y es fácil someterla a la prueba del absurdo. Pero el convencimiento de que la desaparición de todo un grupo de seres vivos alteraría el mundo tal y como lo conocemos forma parte de la cultura cinematográfica con una fuerza más difícil de combatir. Shyamalan la ha utilizado en alguna ocasión recogiendo una frase atribuida nada menos que a Einstein: si las abejas desapareciesen del planeta, a la humanidad le quedarían cuatro años.
Hace casi cuatro años, en 2007, cundió el pánico: las abejas estaban desapareciendo en Estados Unidos. Se acusó a los teléfonos móviles de la catástrofe pero al poco el rumor se extinguió sin que quede demasiado claro (a mí, al menos) lo que pudo acallarlo. En cualquier caso, no parece que a ningún gobierno en sus cabales –perdón por el oxímoron– se le ocurra exterminar a las abejas poniendo en peligro la cadena de la polinización de las plantas. Pero existen considerables esfuerzos encaminados a terminar con los mosquitos; los Anopheles al menos, que transportan los gérmenes causantes de la malaria y son así responsables del contagio de una de las enfermedades más letales que existen.
¿Qué sucedería si los mosquitos desapareciesen? La revista Nature se planteó hace un par de meses qué respuesta puede darse y los resultados que obtuvo sorprenden. Al decir de los especialistas, sería la tundra ártica la más afectada porque es allí donde más biomasa de mosquitos hay.
Su erradicación llevaría a trastornar los hábitos alimenticios de numerosas aves migratorias que dependen de la ingesta de mosquitos pero, ¿hasta qué punto? Bruce Harrison, del departamento de recursos naturales de Carolina, cifró en un 50% la disminución de las aves en el norte de Canadá y Rusia. Cathy Curby, del servicio de fauna de Fairbanks, Alaska, sostuvo lo contrario: los mosquitos nos fascinan por la amenaza que suponen para nuestra especie y sobreestimamos su presencia. Pero poco o nada sucedería si se extinguiesen porque su hueco en el ecosistema sería ocupado por otros seres.
Así ha sucedido, en realidad, desde que la selección natural comenzó a diseñar nuestro mundo. La inmensa mayoría de las especies se han extinguido dando lugar a cambios profundos pero que no cabe llamar catastróficos. Salvo que consideremos que nuestra propia extinción lo sería. Aunque habrá quien piense que, en realidad, sería una suerte para el planeta si quienes desaparecemos dentro de un año más somos nosotros.