Hagamos zoom en el cerebro de los bebés para investigar qué pasa dentro. Podemos dividir el cerebro en tres partes. La parte primitiva o reptiliana, se encarga mayormente de nuestros instintos. La parte media o mamífera, principalmente, procesa nuestras emociones. La parte superior o la corteza prefrontal, es una especie de “torre de control”, encargada del pensamiento lógico, la planificación y el autocontrol. Se trata de nuestras funciones cognitivas.
Cada una de las partes del cerebro está totalmente desarrollada a cierta edad. Nacemos con la parte primitiva de instintos casi totalmente desarrollada. A los 6 meses de edad ya está completa. La parte que procesa las emociones alcanza su máxima evolución cuando tenemos alrededor de 6 años. Lo interesante es que la “torre de control” que crea nuestro pensamiento lógico, que entiende de consecuencias y que planifica a corto, mediano y largo plazo culmina su desarrollo cuando llegamos a los 25 años.
Muchas veces esperamos de los niños habilidades que, biológicamente, son imposibles que tengan a su edad. Un niño, a los 5 años, tiene muchísimas emociones, pero no es totalmente capaz de entender frases como “es hora de acostarnos porque mañana hay que pararse temprano”. Conceptos como “mañana” y “pararse temprano” los comprendemos cuando tenemos la capacidad de razonar que, si nos acostamos temprano, mañana no estaremos cansados. Se trata de consecuencias a futuro que son parte de las funciones cognitivas de la corteza prefrontal. Es más útil empatizar con el sentimiento del niño que está jugando, divertido; mostrar interés: darle un tiempo mínimo para terminar y pasar a la siguiente actividad (dormir).
El cerebro de los niños es mayormente emocional. Todavía no tienen el filtro del pensamiento lógico que nos permite a los adultos, regular nuestras emociones. Nuestra herramienta más útil es conectarnos con la emoción del niño y modelar la autorregulación que aspiramos logren. Es posible cuando los adultos somos capaces de hacerlo en primera instancia.
Los padres juegan un rol crucial. Su papel es asumir el rol de la corteza prefrontal que los niños todavía no tienen desarrollada. Los papás, además de ser esa “torre de control” subrogada de los niños, influyen mucho en su desarrollo.
Es relevante enfatizar que la misión más importante de cada célula de nuestro cuerpo es mantenernos vivos. Por supuesto, que las del cerebro tienen igual misión. El cerebro prioriza la sobrevivencia. Las funciones cognitivas de las que está encargada la parte superior del cerebro tienen un condicionamiento. Solo se pueden desarrollar a plenitud si el cerebro se siente seguro. Para sentirse seguro, en especial en los primeros años, el niño necesita atención individualizada de la madre, el padre o de un cuidador estable.
Según estudios de la Universidad de Harvard, los niños que experimentan adversidad a una edad temprana, como falta de apego emocional y entornos inestables o inseguros, son más propensos a exhibir déficits en sus habilidades cognitivas. Este planteamiento sugiere que el desarrollo de estas capacidades está condicionado a las experiencias en los primeros años de vida. El cerebro percibe la falta de atención en los primeros años como una situación de vida o muerte, similar a ser perseguido por un león, ya que el bebé no es autosuficiente. Si los cuidadores no están pendientes de sus necesidades, no se sienten seguros. Si tienen que estar constantemente buscando la atención de sus cuidadores primarios, el cerebro gasta energía en “sobrevivir”, y no logra ahorrar energía para usarla y desarrollar su corteza prefrontal o “torre de control”.
No sólo los papás son esenciales para “prestarle y modelarle su torre de control” a infantes y adolescentes: el apego seguro y estable es la manera más efectiva para que estas indispensables habilidades cognitivas se desarrollen. En momentos de inestabilidad, como lo es la pandemia actual, se incrementa la necesidad del apego seguro entre padres e hijos para minimizar el impacto en su desarrollo cognitivo.
Conocer la evolución del cerebro nos permite comprender las necesidades básicas para su adecuado desarrollo y convertirnos en aliados en el proceso, propiciando ambientes seguros para nuestros niños y niñas.
La autora es máster en en neurociencias y educación


