Él mismo cuenta que al momento del parto, su madre pidió a la partera que abriera las ventanas del cuarto para que los primeros sonidos que oyese su hijo que iba a nacer, fueran los cantos a la Virgen María, los cuales salían de la parroquia vecina.
Ya la madre, con ese sexto sentido que caracteriza a las mujeres, se adelantaba el Totus Tuus que escogería su hijo para su escudo papal: "Todo Tuyo". Eso fue lo que escribió al salir de la anestesia recientemente. Una entrega total a la madre del Divino Niño, y a esa Iglesia que Él fundó cuando siendo Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Carl Bernstein y Marco Politi, en su obra Su Santidad señalan que "debemos buscar los grandes temas de la vida y del papado de Juan Pablo II en su nacimiento, infancia y juventud. La devoción, la disciplina, el teatro, la intelectualidad, el aislamiento, el sufrimiento, el misterio, la devoción mariana, la fascinación con el martirio, los lazos familiares con el judaísmo, el énfasis en la muerte y la transfiguración. Además, y por encima de todo esto, la pasión por Polonia: Polonia triunfante, Polonia separada violentamente. Polonia como el Cristo de las naciones".
Todos estos hechos deben estar pasando por la mente de ese hombre aferrado a la vida, cuya decisión, como buen soldado de Cristo, parece ser "morir con las botas puestas". Su inquebrantable decisión, expuesta por sus actuar diario, a pesar de su enfermedad, de seguir al frente de la Cátedra de San Pedro es una muestra a la humanidad de fe, valor y amor.
Caracterizado por sus constantes viajes, convirtió al mundo en su púlpito, sus encuentros con la juventud han sido un mensaje para los gobernantes del mundo. Bien lo dicen Carl y Marco: "Su sola presencia en los lugares más desolados del mundo suministraba un brillo de esperanza a las personas en condiciones de sufrimientos. Su llegada representaba a veces el primer testimonio significativo de su existencia como seres humanos, la única vez en sus vidas en que sus condiciones miserables de existencia eran presentadas ante la corte de la opinión pública en sus propios países y en el mundo entero".
Toda esta gama de pasajes de su vida quizás son la fuerza motora que lo mantiene aferrado a su decisión de seguir al frente de la Iglesia Universal.
Un mundo expectante de católicos y no católicos oran por él, le desean lo mejor y siguen con un reverente temor cada día de su vida. No puede ser de otra manera, pues al igual que Teresa de Calcuta en vida, despide un olor de Santidad. Quizás, en su fuero interno es consciente de que está viviendo su pasión, de que cada dificultad en su vida, llámese atentado contra su persona, llámese enfermedades, son las caídas del Buen Pastor con la cruz a cuestas y ahora en estas últimas hospitalizaciones, con la falta de voz, sean para él la satisfacción de vivir en su huerto de Getsemaní.
De pedir al Padre que se haga Su Voluntad y que con el recuerdo de su sufrida y querida Polonia esté sintiendo que ya va camino al Madero Sagrado.
Quizás, feliz de sentir que en su sufrimiento está viviendo las horas del Gólgota sigue orando por esa humanidad; herida por la violencia, el terrorismo, las guerras, las drogas, la pobreza y el irrespeto a la dignidad humana. Y quizás esté pidiendo al Padre "perdónales, pues no saben lo que están haciendo".
Quizás en éste, su digno ocaso de pastor esté diciéndole a la humanidad en vez de: "tengo sed",... "les he dado mi vida y mi amor."
