Desde hace muchos siglos, la pugna entre las ideas conservadoras y liberales ha ocupado un espacio importante en la evolución de todas las sociedades. En algunos momentos particulares hubo episodios en los que se produjeron cambios en el manejo de estos conceptos, modificando el pensamiento humano radicalmente. Desde el punto de vista conceptual, es necesario definir en qué consisten el conservadurismo y el progresismo como ideologías políticas. Nos enfocaremos en los aspectos sociales, pues si metemos el económico el asunto dejaría de ser blanco y negro y se introducirían muchas gamas intermedias de gris en la discusión.
El conservadurismo se define como un conjunto de doctrinas, corrientes, opiniones y posiciones, generalmente de centroderecha y derecha, que favorece las tradiciones y son adversos a los cambios políticos, sociales o económicos radicales, oponiéndose al progresismo. En lo social, los conservadores defienden valores familiares y religiosos.
Por el otro lado, progresismo es la tendencia al pragmatismo político, caracterizada por la defensa de los derechos civiles y formada por diversas doctrinas filosóficas, éticas y económicas, vinculadas comúnmente a la izquierda y centroizquierda, que persiguen el progreso integral del individuo en un ambiente de igualdad, libertad y justicia. Los progresistas buscan el progreso indefinido social, económico, político e institucional en lo que al Estado se refiere. En ese sentido, es opuesto al conservadurismo.
Si vamos hacia atrás en la historia, el Renacimiento en Europa posterior a la Edad Media pudiera ser visto como un momento de apertura, que diseminó el conocimiento a mayor cantidad de personas, propiciado por la invención de la imprenta en 1453. Esto ayudó a difundir las ideas humanistas con una visión antropocentrista, contraponiendo el teocentrismo que caracterizó el milenio que duró la Edad Media, cuando “la sabiduría” se concentraba en conventos y abadías, y eran muy pocos los que podían acceder a ella.
Otro momento esencial en la historia de la lucha de las ideas fue la Revolución Francesa en 1789. En aquel momento, los grandes pensadores de la época se atrevieron a cuestionar, abiertamente, el absolutismo de las monarquías europeas, para abrir la discusión de los temas del gobierno y la sociedad hacia un sistema basado en derechos, en el que la cultura, la educación y el cuestionamiento directo a la rigidez de los dogmas monárquicos eran permitidos.
Obviamente, desde entonces, la dicotomía entre lo conservador y lo liberal (hablando del aspecto social) es uno de los combustibles que mantienen funcionando la maquinaria del debate sociopolítico en el mundo. En la década de 1960, el liberalismo social tomó fuerza, impulsado por los movimientos de la contracultura, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, los derechos de la mujer, el movimiento hippie, la píldora anticonceptiva, el rechazo a la guerra de Vietnam, los movimientos europeos de la revolución de terciopelo en Checoslovaquia, y el verano de París, en donde la prioridad social, más que alcanzar el poder político, era vivir en libertad.
Hoy vivimos un resurgir de movimientos conservadores, algo realmente preocupante. El nacionalismo exacerbado, que tiene como abanderados el brexit inglés, la victoria de Donald Trump y la fuerza política de discursos radicales, como los de Le Pen en Francia o Geert Wilders en Holanda, no puede pasar desapercibido. Y lo triste no es que se opongan a cambios sociales que hace unos años parecían ser el camino lógico de Occidente, lo peligroso es que han basado buena parte de su éxito en una descarada explotación de la mentira como herramienta política, disfrazada de “noticias falsas”, “posverdad” y “hechos alternativos”, para hacer que la población, acepte mentiras demostradas como una explicación válida para justificar sus deseos. Si a esto le sumamos el poder de las redes sociales, en las que todo el mundo tiene derecho a exponer una opinión sin posibilidad de verificación, el camino se hace incierto.
Panamá no escapa a esa discusión entre quienes favorecen los cambios y quienes buscan mantener el statu quo. Los mejores ejemplos han sido los debates alrededor de la educación sexual y el matrimonio igualitario. Quien los haya seguido no podrá negar que es poco lo que se ha avanzado, pues parecemos hablar en idiomas diferentes. Unos basan sus argumentos en conceptos morales de fondo religioso, y otros, en derechos y evidencia científica. La buena noticia es que hemos logrado que el país discuta temas de mayor relevancia que las partidas circuitales, los jamones navideños y los huecos en las carreteras. Aún quedan pendientes temas importantes, como el aborto, la eutanasia, el pago de impuestos por las iglesias, la separación entre Iglesia y Estado, y la posible legalización de ciertas drogas para uso medicinal o recreativo.
Para reforzar esta discusión, en el último mes hemos escuchado de dos nuevos partidos políticos que parecen estar dispuestos en poner sobre la mesa estos debates pendientes. Por un lado, el Partido Alternativa Independiente Social no esconde que tiene una base en las iglesias evangélicas, teniendo en su directiva más pastores que un prado de Escocia y, por otra, Creemos se anuncia como una opción basada en la defensa de principios progresistas, como el matrimonio igualitario, educación e investigación científica como motor de la sociedad; completa separación de la Iglesia y el Estado, y los derechos igualitarios de las minorías.
Ojalá nuestra sociedad integre estas opciones como una oportunidad para discutir temas relevantes, y se deje de sensacionalismos, como llamarles el partido de los pandereteros, o el partido gay. En la medida en que seamos capaces de tratar estos temas con seriedad y respeto, la sociedad panameña habrá progresado. Entendiendo que bajo ninguna circunstancia podemos permitir que se confunda la estricta independencia que debe mantenerse entre el Estado y la Iglesia.