Es lo contrario de lo que sucedió al morir el preso político Orlando Zapata tras 86 días en ayuno de protesta. Entonces, a finales de febrero, la disidencia cubana se unió como una piña.
Ahora, el diálogo de los jerarcas locales de la Iglesia con Raúl Castro y las posibilidades de evolución en las relaciones con Estados Unidos (EU) reabren viejas heridas y provocan otras nuevas dentro de la oposición.
Las discrepancias internas estallaron nada más conocerse la mediación del cardenal Jaime Ortega a favor de las Damas de Blanco –familiares de los 75 disidentes encarcelados en la primavera de 2003– y de los propios presos.
Sobre todo desde el exilio en Miami, los sectores más recalcitrantes de la oposición se apresuraron a cuestionar el arbitraje eclesial y sus logros, al plantearlos como una “maniobra de la dictadura”. Todo ello mientras los afectados agradecían la “esperanzadora” mediación.
Las críticas a los jerarcas católicos cubanos no cesarían. En los últimos días, algunos de los incendiarios programas de televisión y de radio que la línea dura del exilio controla en Florida, como A mano limpia, descalificaron la labor del cardenal Ortega, acusado incluso de “venderse” al comunismo –o expresiones similares– por algunos contertulios, según relato un televidente.
Las mismas Damas de Blanco se partieron en dos hace un par de semanas cuando una de sus ex líderes, Miriam Leiva, difundió una carta supuestamente firmada por 35 componentes del grupo para pedir a las Damas de Apoyo que, como muestra de flexibilidad y contribución al objetivo fundamental (la liberación de los presos), accedieran a la solicitud del Gobierno de que dejaran de participar en las marchas dominicales del colectivo principal.
La otra mitad de las Damas, incluida su portavoz, Laura Pollan, se negó a suscribir el texto y criticó la propuesta. Una de las supuestas firmantes desmintió haber rubricado el documento y exigió una rectificación; era Noelia Pedraza, esposa del preso gravemente enfermo Ariel Sigler, al que días después el Ejecutivo excarcelaría, a la vez que acercaba a sus poblaciones a un segundo bloque de seis reclusos.
Otra carta, la que 74 disidentes dirigieron el 30 de mayo a los congresistas estadounidenses para que apoyen un proyecto de ley que liberaría los viajes de sus conciudadanos a Cuba y facilitaría la venta de productos agrarios a la isla, ensanchó la grieta entre los opositores duros y los partidarios al diálogo. La misiva, refrendada por la bloguera Yoani Sánchez y el preso en huelga de hambre Guillermo Farinas, aducía que los viajes de los ciudadanos de EU y otras medidas de apertura de Washington servirían para “fortalecer” e “informar” a la sociedad cubana. “El aislamiento de nuestro pueblo –en cambio– beneficia a los intereses más inmovilistas del Gobierno”, añadía.
Los disidentes defensores de esa y otras restricciones incluidas en las leyes y políticas de embargo de Estados Unidos a Cuba pusieron el grito en el cielo. No solo rechazaron los argumentos de la carta, sino que, de nuevo atacaron a quienes la enviaron.
Otra paradoja cubana: el diálogo y la búsqueda de avances no parecen gustar a todos los que en teoría luchan por las mejoras.