Cada día me convenzo más de la importancia del pensamiento crítico, de la aplicación del método científico y de lo necesario que es tener una dosis saludable de escepticismo. Durante esta pandemia, hemos visto despliegues de ignorancia y pseudo-ciencia, lo que sin duda ha hecho todo el asunto más difícil y letal.
Aún hoy en día hay prominentes personajes de la escena local que defienden medicamentos de probada inutilidad y, aunque son pocos, otros que todavía niegan la evidencia de eficacia de las vacunas. Por ello, inspirado en el extraordinario libro de David Robert Grimes titulado Good Thinking, me he dado a la tarea, en este artículo, de explicar algunos aspectos sobre la ciencia, la evidencia científica y el método científico en general, quizá para que la próxima crisis nos halle más preparados.
Es importante entender que la ciencia no es una colección de datos o verdades inmutables, sino un método sistemático de investigación. Por ejemplo, algunas de las leyes de Newton sobre el movimiento de los cuerpos permanecieron inmutables por más de 200 años, hasta que un relativo desconocido, llamado Einstein, describiera cómo estas no se aplican a velocidades cercanas a la de la luz. Así, las verdades científicas se perfeccionan y depuran progresivamente. Los dogmas científicos son simplemente de cristal.
Una de las principales características de lo científico es su falsabilidad, es decir, si una afirmación puede ser desmentida a través de la observación o experimentación. Si yo digo, por ejemplo, está lloviendo en Capira, esta predicción o hipótesis puede fácilmente comprobarse o descartarse. Sin embargo, si un psíquico dice que espíritus incorpóreos se comunican con él por telepatía, esta afirmación no es falsable. No puedo diseñar un experimento para descartarla. Y es allí, como expresara el filósofo Karl Popper, donde radica una de las diferencias fundamentales entre los que es ciencia y lo que no lo es.
Por otro lado, en ciencia existe también, igual que en el derecho, la carga de la prueba. Si tú afirmas algo como cierto, tienes que probarlo. No es científico trasladar la responsabilidad a otros. Ni es obligatorio para otros confirmar que lo que dices es cierto. Esta es una diferencia fundamental entre las verdades científicas y la fe (religiosa, política o de cualquier tipo), en donde los dogmas son colocados en un sitial, protegidos del cuestionamiento y de hecho se ve como una virtud aceptarlos tal cual, sin experimentación o estudio alguno.
Esta consideración teórica es importante, porque existe una tremenda proliferación de actividades pseudocientíficas en el campo de la medicina. Es decir, tratamientos dudosos e inefectivos, disfrazados de ciencia y envueltos en un manto de veracidad ilusoria y listos para engañar a los más incautos y crédulos. Muchas de estas intervenciones no han sido sometidas al rigor de la investigación científica y muchas ni siquiera pueden someterse.
Antes de aceptar como cierto un tratamiento, es importante considerar varios factores. Primeramente, la calidad de la evidencia. No todos los estudios o experimentos son iguales. Existen sesgos y errores metodológicos que pueden arrojar falsos resultados y conclusiones. Por otro lado, es importante analizar la totalidad de la evidencia. Existe una evidencia abrumadora en favor de la efectividad de las vacunas, sin embargo, los antivacunas a veces recurren a un estudio contradictorio o al uso de anécdotas para apoyar sus argumentos, cayendo en una selectividad, conocida como cherry picking en inglés, e ignorando toda la evidencia que no apoya sus creencias. Esto último lleva a lo que se conoce como sesgo de confirmación.
La hidroxicloroquina y su momento de fama durante la pandemia fueron un ejemplo de “ciencia patológica”. Cuando investigadores seducidos por la ilusión de encontrar una cura para la Covid-19, asumieron como ciertas observaciones que no lo eran, perdiendo la objetividad y recurriendo a estudios de muy baja calidad. Y luego un sinnúmero de políticos y expertos recién nacidos se comieron el cuento o lo usaron para su beneficio.
Las verdades científicas deben confirmarse y corroborarse, no importa la autoridad de quien las emita. Una hipótesis propuesta por un aclamado Nobel puede ser destruida por un humilde estudiante universitario. Y en eso yo veo la belleza del método científico. Los argumentos o silogismos deben conectarse correctamente según los preceptos de la lógica. Non sequitur, es decir, conclusiones que no están alineadas con la evidencia previa, deben ser cuestionadas por dudosas. Afirmaciones excesivamente reductivas deben ser tratadas con escepticismo, como esos tratamientos que claman curar todo: el cáncer, la depresión, el sida, la impotencia y que no curan ni el resfriado común.
Otro principio científico útil es la llamada Navaja de Occam: “Cuando existen múltiples explicaciones para una observación, la que requiere la menor cantidad de suposiciones es la más probable de ser cierta”. Por ejemplo, afirmar que la letalidad por Covid-19 en Panamá, comparada con otros países, es más baja, porque aquí se recomendó el uso de ciertas medicinas, requiere asumir un número plural de aseveraciones que sólo un análisis profundo y complejo permitiría. Sin embargo, para el inexperto, cualquier asociación es causalidad. Sin duda más de uno ha confundido coincidencia, asociación y correlación con causalidad durante esta pandemia. Sólo un estudio y entendimiento adecuado del método científico y de herramientas estadísticas nos puede ayudar, en situaciones complejas, a distinguir entre estos términos.
El pensamiento crítico y el método científico deben ser materia obligada en las escuelas y universidades. Las falacias y la pseudo-ciencia nos ponen a todos en peligro y sólo la ciencia aplicada con ética puede salvar al mundo y romper de vez en cuando los dogmas de cristal.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas

