El pueblo panameño ama a Don Bosco. Por sus venas y su corazón circula la simpatía que hemos heredado de nuestra familia hacia el padre y maestro de la juventud. Toda nuestra piedad, fervor y devoción se dirige hacia la Basílica de su mismo nombre para invocar su poderosa intercesión. El año pasado, en el contexto de pandemia, fue muy duro no poder estar presencialmente en el templo y venerarlo. No obstante, la tecnología, la creatividad y el apoyo de los Salesianos, junto a laicos comprometidos, emergió a la vanguardia. Los contenidos formativos en las diferentes plataformas fueron abundantes, la radio y la televisión apoyó de la misma manera. Se logró hacer llegar por medios digitales las misas y otras actividades hasta la comodidad del hogar durante la novena y el día de la solemnidad. Más de once mil personas siguieron la transmisión de lo que se preparó con esfuerzo y dedicación.
Este año, aunque no se llevará a cabo la tradicional procesión, se podrá peregrinar (caminar en pequeño), visitar y rezarle al santo de los jóvenes. También se celebrará la Eucaristía y el Sacramento del perdón, lo cual nos permitirá reconciliarnos con el Señor. En fin… vivir la fe al santo más querido de nuestra tierra istmeña. La organización de este magnánimo día no ha sido fácil y tampoco un impedimento, ya que contamos con la bendición de María Auxiliadora y san Juan Bosco, a través de personas que nos han ayudado. No caminar la procesión, puede ser doloroso, pero es purificador para quien le ama, encontrando así el llamado de Dios a profundizar la vivencia de la fe.
Como cristianos, hemos comprendido que no podemos realizar esta bella expresión en una procesión. Cuidar nuestra salud es el mayor gesto de caridad posible. Esta fiesta espiritual no se acaba, sino que se adecúa a los desafíos de nuestro tiempo. Hay que señalar lo esencial que celebramos cada 31 de enero: anunciamos a Cristo vivo y resucitado que nos invita a seguirle; damos gracias a Dios porque en la vida del santo de Turín, el Señor nos ha demostrado cuánto nos ama; su rostro sonriente y amable refuerza nuestra fe, el amor y la esperanza que necesitamos.
Quien venga a la Basílica o a su parroquia más cercana, comprenderá que nada puede apartarnos del amor de Dios (Rom 8, 35). Aunque la situación que hemos vivido en este tiempo ha sido y es dura, Jesús de Nazareth sigue obrando para que en nuestra fiesta no llegue a faltar el vino de la alegría (Jn 2, 3). Así, en medio de las dificultades de la vida, podemos y debemos alabar la manifestación de la gloria de Dios (Jn 2, 11). Por eso, con corazón agradecido y firmes en la fe (1Cor 15, 58) pidamos a Don Bosco su protección y su bendición, el cese de la pandemia y una devoción salesiana más comprometida en la misión de la Iglesia.
El autor es sacerdote de la iglesia Don Bosco

