El 2 de enero de 1955, el presidente José Antonio Remón Cantera fue asesinado vilmente mientras disfrutaba una carrera de caballos en el viejo hipódromo de Juan Franco.
El mandatario era un hípico empedernido y ese día en que perdió la vida, uno de sus caballos favoritos había ganado la carrera en la mejor posición y, naturalmente, estaba muy alegre por el triunfo logrado y, a la vez, distraído de cualquier enemigo solapado.
Remón no pensó nunca en sus enemigos ocultos, ni cuando fue comandante de la Policía Nacional. Yo que adversé a sus tropas, como dirigente del Instituto Nacional en las calles, que estaban al servicio de la oligarquía, puedo expresar sin el menor rencor que a mí me parece que Remón tenía un corazón de un niño que jugaba con pequeños artefactos de guerra.
Remón acataba las órdenes de los gobiernos más poderosos de entonces y del poder imperial de Estados Unidos. Digo de corazón infantil, porque en diversas ocasiones cuando cubría situaciones álgidas de insurrección, tras mítines muy encendidos, tuve la oportunidad de verlo pasar en su Cadillac a muy altas horas de la madrugada, solo acompañado de un perro lobo, sin guardaespalda alguno, para enterarse de toda la anarquía y de los pillajes que elementos de baja calaña hacían para apoderarse de bienes.
No me sorprendió que de alguna manera el pueblo le mostrara su rechazo a los atropellos que él como comandante de la Policía Nacional ordenaba, pero en honor a la verdad, ya siendo presidente de la República, Remón tuvo un cambio sorprendente desde aquella cita con la patria multitudinaria con el respaldo de expresidentes panameños, y cuando viajó a Estados Unidos se encaró sin rodeos a John Foster Dulles y al presidente Eisenhower, exigiéndole la firma del tratado que llevaría la aprobación del mandatario norteamericano y la suya, como gobernante de nuestro país.
Lo que a mi juicio quedó en el limbo es si la extrema derecha yankee o la mafia, a la que él estuvo adherido como jefe de la Policía Nacional, tuvo que ver cuando fue ametrallado vilmente en aquel establecimiento hípico. A mi juicio, para finalizar se trató de un complot en que Remón pagó caro con su vida y su vicepresidente José Ramón Guizado, totalmente inocente, fue encarcelado a lo largo de varios años.
El autor es abogado y periodista