Monumento

Doscientos años de vida republicana

Doscientos años de vida republicana
El polémico monumento erigido por orden del gobernador de Coclé, Julio Palacios, en conmemoración de los 440 años de fundación de Penonomé, @GobCocle. El monumento rinde honor al Bicentenario de la República. Foto: Alexander Arosemena.

Doscientos años atrás, el istmo de Panamá se rebeló contra la monarquía española y abrazó el sistema republicano. Así lo señalan las evidencias documentales que tenemos de dicho acontecimiento, el más importante de nuestra historia, cuyo significado y pormenores son desconocidos por los ignorantes que nos desgobiernan.

El acta emitida en la heroica Villa de Los Santos deja constancia del deseo del pueblo santeño “de vivir bajo el sistema Republicano, que sigue toda Colombia”, por lo que “anhelaba que esa misma Villa jurase la independencia del Gobierno Español”, como en efecto la juró, “según el voto general del pueblo”, el 10 de noviembre de 1821.

Dieciocho días más tarde, en la ciudad capital, una junta general declaró a Panamá, “espontáneamente y conforme al voto general de los pueblos de su comprehensión … libre e independiente del gobierno español.” Seguidamente, decretó: “El territorio de las Provincias del Istmo pertenece al Estado Republicano de Colombia, a cuyo congreso irá a representar oportunamente su Diputado.”

El Estado Republicano de Colombia al que se refieren las actas del 10 y 28 de noviembre fue fundado el 16 de diciembre de 1819, mediante la unión de los territorios españoles de la Capitanía General de Venezuela y el Nuevo Reino de Granada, según lo expuso la Ley Fundamental de la República de Colombia emitida en esa fecha por el soberano congreso reunido en Santo Tomás de la Nueva Guayana en la Angostura del Orinoco (hoy Ciudad Bolívar).

La Ley Fundamental contemplaba (Artículo 5) la eventual incorporación de la sección que en dicho instrumento recibió el nombre de Quito, correspondiente a la actual República del Ecuador, la cual se unió a la República de Colombia tras la victoria patriota en la batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822, enfrentamiento en el cual combatió, del lado republicano, nuestro compatriota José Antonio Miró Rubini.

La República de Colombia a la que nos venimos refiriendo—denominada, por algunos, “Gran Colombia” (nombre que nunca existió)—adoptó su primera carta magna en la Villa del Rosario de Cúcuta, aprobada el 30 de agosto de 1821 por el congreso general allí reunido. Fue esa la primera Constitución republicana que rigió en el istmo de Panamá, a partir de noviembre de 1821.

Nuestra vida republicana comienza, en consecuencia, hace 200 años, de la mano de la actual Colombia, Venezuela y (posteriormente) Ecuador. Podemos decir que adoptamos el sistema republicano (el paso más importante de nuestra historia) dos siglos atrás.

Conmemoramos, en consecuencia, el bicentenario de la independencia y la adopción del sistema republicano. No celebramos el bicentenario de la República de Panamá.

La primera República de Panamá (el Estado del Istmo) se fundó el 18 de noviembre de 1840 y duró hasta el 31 de diciembre de 1841 (180 años atrás). La segunda República de Panamá se fundó el 3 de noviembre de 1903 (117 años atrás).

Estas precisiones históricas son importantes en el marco del segundo centenario de los acontecimientos de 1821, que constituyen el capítulo más relevante de nuestra experiencia colectiva. Resulta repugnante que sujetos al servicio de un gobierno autoritario y corrupto—la completa negación del sistema republicano—falseen la historia con propósitos de autobombo y malversación de fondos públicos.

El adefesio erigido en el parque de Penonomé—uno de los más hermosos del país—con el único y exclusivo propósito de abanicar el ego desmesuradamente inflado del virrey de Coclé (se cree un Lord Mountbatten of Burma), constituye un exabrupto inadmisible en un contexto republicano. En primer lugar, la inscripción errónea (“bicentenario de la República de Panamá”) refleja la ignorancia supina de quienes controlan el poder y abusan de él en su beneficio.

Como varias veces lo ha dicho el doctor Bernal, estamos en manos de una “clase política” no solo codiciosa y rapaz, sino, además, primitiva e inculta.

El diseño del esperpento, plenamente adscrito al estilo “greconarco” que les fascina a los nuevos ricos del PRD, con adiciones que algunos atribuyen a la simbología masónica, constituye, por su fealdad, un monumento a la chabacanería y a la ordinariez, que empobrece y denigra uno de los espacios públicos urbanos más atractivos del país. Parece—se ha dicho—el atavío chapucero de un carro alegórico o, como señaló una inteligente observadora de nuestra realidad, la lápida grotesca de la tumba de un mafioso.

El desperdicio de fondos públicos en semejante bodrio, en medio de una urgencia sanitaria y una crisis socioeconómica sin precedentes, carece de toda justificación. La ciudadanía exige saber cuánto costó, quién lucró de su construcción y por qué el contralor autorizó tan execrable malversación de dinero estatal.

Tan malo como todo lo anterior es utilizar la inauguración de esa bazofia para repartirles condecoraciones a copartidarios que deberían estar en la cárcel por sus nexos con el terrorismo de Estado y la corrupción descarada. No satisfecho con usar presupuestos públicos para su propio engrandecimiento, el virrey aprovechó la oportunidad para cepillar a varilleros de la narcodictadura y rateros de la nitocracia.

En la antigua Roma se usaba un proverbio muy descriptivo para caracterizar situaciones como esta: “Asinus asinum fricat”. Dejo de tarea al virrey y sus condecorados averiguar lo que significa.

El autor es politólogo e historiador y dirige la maestría en Asuntos Internacionales en Florida State University, Panamá

Edición Impresa