En el otoño del 2004, Alvin Weeden concluyó su función como contralor de la República como un perfecto perdedor. Su fracasada gestión "contraloral" se caracterizó en darle puñetazos de soberbia y arrogancia feudal a nuestra incipiente sociedad democrática y por la negación de la negación a la consolidación del estado de derecho real. Weeden se creyó la ilusión de que tenía agarrado a Dios por la barba.
Fue por fuera como su Partido Arnulfista que hundió al país en el abismo del estercolero de la corrupción; fue por fuera humillado y terriblemente "cueriao" (dulces puñetazos) por el señor Enrique "Chito Justiciero" Montenegro, secretario del Frente nacional contra la corrupción. Así pues, la lógica de los puñetazos brilló en su dulce esplendor en el rostro carapiñesco de Weeden.
El ex contralor Weeden cosechó lo que sembró: hostilidad y apatía. Cosechó las consecuencias de sus actos unipersonales y dogmáticos como magíster contralor; de "yesman" de la doña ex presidenta siempre vestida de moda con el erario público dizque para no andar andrajosa y cuyo dogma político era "fuera del Partido Arnulfista no hay salvación", expresión de un paradigmático stalinismo tropical de la partidocracia neoliberal arnulfista.
Su colosal soberbia "georgebushiana" al estilo "Los sopranos" lo llevó a hacer de la Contraloría una nauseabunda inquisición siempre intolerante con quienes no pensaban como él; sino pregúntenle, pues, a la ex procuradora general de la Administración Alma Montenegro de Fletcher (La Prensa 29/12/04).
Es cierto que los dulces puñetazos no van a cambiar a Weeden-Fracaso, pero contribuyeron a recordarle que los cargos son efímeros y transitorios; parafraseando la canción del salsero Tito Rojas, nadie es eterno en los cargos públicos ni privados. El ex contralor aportó nuevos elementos a la historia de la estulticia humana made in Panamá. Ojalá que los funcionarios de la Patria Nueva aprendan de las lecciones de la historia y se miren en ese espejo. Haciendo una reconstrucción de esa experiencia, parece muy claro de que ser funcionario público es vivir y servir a otros entendiendo que la autoridad debe estar al servicio del bien común, que los cargos públicos son para servir a la comunidad y no para servirse de la comunidad; ser un político para los demás. Ese ser para otros es la experiencia fundamental del nuevo sujeto político para establecer una sociedad de los ciudadanos porque la esencia de la democracia es la participación y el consentimiento.
Yo no le perdono a ningún panameño o panameña que diga que Chito protagonizó un acto bochornoso, penoso y lamentable. Prefiero los dulces puñetazos que ser un neo Padre Amaro tira la piedra y esconde la mano. ¿Quién en el barrio, en la escuela u otro lugar social, ya sea por el atentado contra su honor materno, ya sea por los celos "noviacales", en fin, no se lió a puñetazos con alguien para revertir su honra? Solo los mojigatos no lo hicieron. Hasta el mismo Jesús hizo apología a la violencia cuando expulsó del templo a los mercaderes. Por esa práctica entra en conflictos con el poder religioso y es perseguido hasta la muerte.
Chito Montenegro nos reivindicó de cinco años de soberbia y petulancia arnulfista. Este país necesita de muchos Chito Montenegro así como América Latina necesita muchos Hugo Chávez y Fidel Castro para salir del círculo vicioso de los parches políticos. Chito Montenegro, panameño de un coraje inmenso y morrocotudo se atrevió a cuestionar todos los actos de corrupción y fenómenos conexos en Panamá; él ha hecho de la denuncia un estilo de vida, un sacerdocio de la anticorrupción, por ello, no es correcto caer en un reduccionismo coyuntural de apreciaciones mojigatas de doble discurso por el rapapolvo en días pasados, porque ello significaría desconocer el gran potencial de años, meses, noches y días de Chito en el combate a la corrupción de que otro país es posible; que lo ha llevado a retar las adversidades, venciéndolas en la mayor parte de los casos.
Don Chito es una referencia obligada para nuestra juventud de lo que es ser idealista; nos reivindicó a todos y nos demostró una vez más cómo somos los panameños y lo hizo de una manera divertida y amena con sus dulces puñetazos a la mediocridad arnulfista.
