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Educación, la hora cero

El problema de la educación panameña, como en muchas partes del mundo, es multidimensional. Factores internos y externos influyen negativamente en el desarrollo de una educación de calidad, que debería ser el norte de toda sociedad, especialmente de los agentes interventores en los procesos educativos.

La educación debería dar respuesta a las inquietudes y a las necesidades del ser humano, como individuo y como ser gregario, y si los sistemas educativos actuales no responden a esos intereses, hay que analizar a fondo el por qué de esta ineficiencia.

Es riesgoso y tendencioso querer descargar culpas en un solo agente, en el docente, porque eso sería disfuncional desde la perspectiva de una matriz moderna de resolución de problemas.

Hay que tomar conciencia del grado de calidad de nuestra educación, para lo que se necesitan evidencias fiables, veraces, operativas y científicas. Luego, deponer posiciones ideológicas, políticas y sectoriales, y proceder al desarrollo de un currículo moderno, compatible con la realidad, en el más amplio sentido del término: planificación, ejecución, preparación para la ejecución(docentes, padres de familia, supervisores), evaluación y valoración del grado de respuesta de ese nuevo sistema educativo que necesitamos, no sólo para no reproducir las estructuras económicas y políticas actuales que rozan la humillación y marginación social y potencian la brecha entre unos y otros, sino para reconstruir el orden actual, creando más oportunidades para los menos favorecidos, cumpliendo los acuerdos y consensos a que se lleguen, solicitando desde las organizaciones gremiales y de padres de familia metas razonables dentro de un proceso complejo como este, y haciendo una poda de todo aquello que impide que el sistema educativo se materialice en acciones.

La meta de la educación panameña no es el problema; el problema está en el largo y arduo camino, por no decir, escabroso, que tenemos que recorrer para llegar a ella. Si en este caminar no crecemos descubriendo el sentido de la educación como instrumento y no como un fin, entonces de nada van a servir los emparches, los programas sesgados, las iniciativas de cinco años, los millones que se pierden en acciones alejadas de los propósitos que debería perseguir este conglomerado de actividades, acciones, omisiones, repeticiones y despropósitos en que se ha convertido la educación nuestra.

La pandemia nos dejó al desnudo. Mostró a toda la nación lo que ya era un secreto a voces. No es fortuito que aparezcamos entre las naciones con mayor desigualdad en América Latina y que la pobreza carcoma a un importante sector de la población, a pesar de los centros logísticos, bancarios, las zonas francas, los incentivos fiscales y el Canal.

Así como se van los millones, sin que sepamos a dónde, se pueden ir las esperanzas del mañana mejor, y allí sí que habrá perdido la educación su larga batalla. Es hora de actuar y hacer patria genuinamente.

El autor es educador en Media y Superior


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