La mayoría de los jóvenes que ingresan a los centros de custodia y cumplimiento en Panamá son desertores escolares incluso en edades de la sección primaria. Existe otro grupo que incluso nunca llegó a pisar un centro escolar y por lo tanto no sabe leer ni escribir. Este grupo es clasificado como nivel ALFA, es decir, algo parecido a primer grado o pre escolar en la escuela regular. Un número significativo de estos jóvenes proviene de hogares desintegrados y donde impera también una sub cultura delincuencial. A veces nos encontramos jóvenes con cuadros muy dramáticos en los cuales sus padres también se encuentran pagando condenas, lo mismo que tíos, primos, hermanos etc.
Resulta interesante observar el hecho de que muchos de estos jóvenes, que nunca han ingresado al sistema educativo, jamás hayan sido detectados por algún tipo de autoridad que tenga que ver con este tema. Los menores infractores por lo general nunca han visto a la escuela como algo atractivo y les resulta una enorme carga el hecho de tener responsabilidades con la misma. No ven el futuro profesional como algo rentable puesto que su nivel de conciencia está más bien identificado con la trampa y el delito como herramientas de la vida cotidiana. Dentro de su entorno familiar y barrial, cometer un delito sin ser “visto” es un verdadero objetivo y una meta a seguir. Muchas leyendas urbanas escuchadas por estos jóvenes dan cuenta de personajes que han sido ricos de la noche a la mañana sin necesidad de ir a la escuela. Este hecho lo saben jefes de bandas, capos medios y grandes que se valen del trabajo de estos menores para cometer sus fechorías.
Un menor que no trabaja dentro de los parámetros permitidos, pero que roba o trafica droga, ha aprendido que un “buen golpe” puede resolver problemas económicos de meses sin tener que someterse a la “tiranía” de un horario laboral. Una porción importante de jóvenes infractores ha consumido algún tipo de droga a edades muy tempranas, y son hijos de madres y padres consumidores de estupefacientes. De tal suerte que la capacidad cognitiva de muchos menores se ha visto reducida en la escuela por la destrucción paulatina de sus neuronas. Los niveles de violencia en los menores infractores está asociada con abusos sexuales, con miembros incluso de su propia familia. Tiene que ver también con episodios de violencia a los que se han expuesto desde tempranas edades, y también han sido objetos de ritos de iniciación en los cuales es necesario asesinar para ser miembro de la pandilla. Sus expectativas de vida son muy reducidas, al igual que su aprecio por la mismas.
La vida para muchos es solo un instante en el que hay que vivir y “experimentar” porque en cualquier momento se puede ir.
Es curioso observar que muchos de los menores infractores tienen en su mente una especie de “chip” que marca su destino desde su nacimiento hasta su muerte, el cual resulta difícil de cambiar pero no imposible, ya que han habido testimonios de antiguos delincuentes que cambiaron su vida drásticamente por algún tipo de experiencia espiritual que los hizo recapacitar. Sin embargo, este hecho tuvo que haber ido de la mano con mucho apoyo de familias, iglesias, educadores, parejas sentimentales y otros.
Si el menor infractor se encuentra desprotegido de esta ayuda constante será muy difícil resocializarlo por más recursos que se quieran invertir en los centros penitenciarios. De acuerdo a un convenio existente entre el Ministerio de Educación y el Ministerio de Gobierno, todo menor infractor en edad escolar tiene derecho a una educación dentro de los sistemas penitenciarios, así como el derecho a ser promovidos si aprueban los cursos.
Evidentemente que la educación para un menor infractor no puede ser igual que en un sistema regular por el cual ellos siempre tuvieron desprecio. No puede haber mucha clase teórica puesto que el menor se aburre. Tienen que existir muchos espacios de trabajos manuales e investigativos que sean atractivos para ellos. El hecho de lograr atractivo hacia las materias dependerá de la habilidad y experiencia docente, así como de las condiciones de apoyo que la escuela reciba por parte de los centros penitenciarios.
El recurso audiovisual, así como los talleres de arte y creatividad son indispensables, ya que estamos ante menores que experimentan una vida de claustro y necesitan que muchos espacios de formación sean también relajantes para ellos. Siento que la educación en los sistemas penitenciarios debe ser vista, en estos momentos de violencia que vivimos en la sociedad, como algo de prioridad y no como parte de meras agendas políticas.
Las condiciones laborales y salariales de los educadores en estos centros debe mejorar lo más pronto posible, ya que muchos tienen años de impartir clases sin tener los beneficios que el resto de la comunidad educativa si posee. Si las autoridades enfocan su lupa y atención a este tema se dará un paso significativo en un verdadero proceso de resocialización.
El autor es sociólogo y docente

