Derechos humanos

Educación privada, educación en el hogar y la Libertad de escoger

Desde hace más de 40 años los dirigentes de este país acumulan una deuda que cada vez se hace más difícil saldar: la transformación de nuestro sistema educativo.

La vulneración de derechos causada por esta deuda no es exclusiva a los estudiantes, y nos pasa factura a todos en la forma de ignorancia, pobreza y competitividad reducida.

Generalmente, la conversación sobre la transformación del sistema educativo, se enfoca en el sector oficial debido al rol del Estado como garante de este derecho de forma universal y gratuito a nivel elemental, según está enmarcado en el artículo 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. En contraste, este artículo consagra también el derecho preferente de los padres a escoger el tipo de educación que recibirán sus hijos. Es aquí, donde entra la educación particular, aunque la realidad es que esta tampoco sale bien librada en las evaluaciones académicas internacionales.

Desde el inicio de nuestra República, las escuelas privadas en nuestro país han sido producto de movimientos evangelizadores, y a través de su trayectoria han ostentado la disciplina, valores religiosos y rigurosidad académica como elementos diferenciadores. Así mismo, otros colegios fueron forjándose sus nichos en idiomas, ciencias, educación técnica, o incluso enseñanza segregada por sexo. Igual hay escuelas con sistemas no tradicionales como el Montessori, o incluso aquellas que ofrecen un elemento de cohesión cultural para grupos étnicos minoritarios. Con esto, la educación particular cumple con una misión social, que es ser una alternativa de servicios diferenciados basada en una serie de prioridades para las familias.

Lastimosamente, el enfoque de la educación particular ha pasado de diferenciadores, basados en valores y contextos culturales, a “calidad” educativa en comparación a los colegios públicos, en cuanto a las escuelas privadas ofrecen mejores instalaciones y recursos, cuando estos aspectos de la educación deben ser iguales para todos. Precisamente el fracaso de décadas del Estado en ser garante de una educación de calidad, pública o privada, ha traído la proliferación de escuelas, que aun con estándares dudosos representan para muchos padres una alternativa más deseable que el inscribir a sus hijos en una escuela pública.

A pesar de los elementos diferenciadores de la educación privada, como fue vislumbrada en sus inicios, los colegios privados son presa de las regulaciones impuestas por el Ministerio de Educación, que limitan la innovación, e incluso influyen en la selección de textos, que en mi experiencia como estudiante y ahora acudiente, son aprobados con controles de calidad deficientes (sí, yo soy esa mamá que encuentra errores en los libros de texto).

Como el perro hortelano que ni come ni deja comer, así mismo, el sistema educativo panameño ni hace ni deja hacer, ya que además de su gradual desmejora, también indirectamente nos ha despojado a los padres de la opción de implementar metodologías de enseñanza en el hogar (homeschooling), ya que esta figura no está validada por el Ministerio de Educación, ni mucho menos existen los mecanismos de apoyo para que esta sea viable para los padres.

Estos tiempos de educación en casa en tiempos de pandemia, no solo han puesto en evidencia lo mal preparado que está nuestro sistema para enfrentar una contingencia a nivel de flexibilidad, resiliencia y herramientas de colaboración, por lo que cada vez se hace más imperante que como padres y acudientes podamos ejercer nuestro derecho a escoger una educación diferente para nuestros hijos.

Es aquí donde debemos plantear la calidad y la modernización de la educación, así como la implementación de herramientas para que los padres tengan una mayor injerencia en la formación académica de sus hijos, más allá de los dictámenes del Ministerio de Educación y esta sea más diversa, inclusiva y cónsona, con las necesidades de los estudiantes y las familias.

La autora es miembro de la Fundación Libertad

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