El año 2021 nos dejó un balance mixto en materia de relaciones internacionales. La pandemia, el surgimiento de nuevas variantes y la inequidad en cuanto al acceso a las vacunas imposibilitaron que este año fuese el inicio del fin o la transición hacia un statu quo más manejable. Igualmente, los resultados de la COP26 de Glasgow y los compromisos insuficientes en cuanto a la crisis climática, así como las crisis migratorias en las Américas y en Europa han puesto a prueba el compromiso colectivo de la comunidad internacional.
En materia de seguridad, los resultados tampoco fueron alentadores, el retorno de los talibanes al poder en Afganistán, la continuación de la guerra civil en Etiopía y los avances del programa nuclear iraní, marcaron un escenario geopolítico complicado. Una de las notas positivas fue la alianza trilateral AUKUS (Australia, el Reino Unido y los Estados Unidos de América) y el acuerdo sobre submarinos de propulsión nuclear, lo cual, en conjunto con la consolidación de la alianza Quad, podría recalibrar, a largo plazo, el balance geoestratégico en el Indo-Pacífico. Por último, fuimos testigos de la erosión continuada del orden democrático a nivel global. En un solo año fuimos testigos de 5 golpes de Estado (Myanmar, Chad, Malí, Guinea y Sudán) y la consolidación de las dictaduras en Venezuela y Nicaragua.
Para el 2022, el escenario que se vislumbra es igual de complejo. La persistencia de la pandemia del Covid-19 seguirá condicionando el ejercicio de las relaciones internacionales. A 50 años del viaje de Richard Nixon a China, la competencia estratégica entre Estados Unidos y China continuará, matizada por el boicot diplomático a los juegos de invierno de Beijing y la evolución de las situaciones en Hong Kong, Xinjiang y Taiwán.
Por otra parte, a 100 años del establecimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el escenario en Ucrania ante una posible incursión rusa genera mucha preocupación. Una ofensiva convencional por parte de la Federación Rusa podría significar la pérdida del acceso ucraniano al Mar de Azov y al Mar Negro, lo cual, a su vez, llevaría al eventual colapso del gobierno de Zelensky. Esto pondría, también, a prueba la determinación y el compromiso de los Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, vis-à-vis Ucrania.
En materia de elecciones, Francia tendrá unas difíciles elecciones presidenciales con figuras como Macron, Le Pen, Pécresse y Zemmour como sus principales contendientes. Los Estados Unidos también tendrá elecciones, pero de medio mandato, que tradicionalmente tienden a favorecer a la oposición y a un cambio de control en la cámara de representantes. En la región, Colombia y Brasil tendrán elecciones presidenciales que podrían confirmar que el péndulo ideológico latinoamericano se ha movido hacia la izquierda. La erosión continuada, a nivel global, de la gobernanza democrática con la consolidación de las estructuras autoritarias en Hungría o el retorno de los Marcos al poder en las Filipinas, ambos mediante procesos democráticos, pone de relieve que el próximo 12 de marzo de 2022 se conmemorarán los 75 años de la Doctrina Truman y del compromiso asumido por los Estados Unidos de apoyar a los pueblos que resistían su subyugación por minorías armadas o por poderes foráneos.
Independientemente de que los Estados Unidos haya estado o no a la altura de los nobles propósitos de esta doctrina, la misma buscaba articular mediante principios básicos una política exterior orientada al ejercicio de un liderazgo global. En los últimos 3 años he utilizado mi última columna de diciembre, para reflexionar sobre escenarios futuros y cómo Panamá puede posicionarse respecto a los mismos. No obstante, la práctica internacional panameña en estos años, me ha demostrado que dicho posicionamiento se hace difícil cuando nuestra política exterior adolece de principios básicos y de un contenido inteligible. Lo anterior no debe confundirse con un llamado a la instauración de principios inamovibles que pongan por encima los intereses colectivos o supranacionales sobre los nacionales. Sólo es un mero reconocimiento de que bajo ciertas circunstancias y sin el cumplimiento de determinados estándares, Estados pequeños como Panamá no pueden prosperar en un escenario global tan volátil y en constante transformación. Mientras persiste la indefinición de nuestros principios de política exterior, el mundo sigue transformándose. Para los Estados amantes de la paz y respetuosos del derecho internacional, un orden mundial basado en reglas, en donde el multilateralismo, la democracia y los derechos humanos jueguen un rol fundamental, es un elemento central para su prosperidad y supervivencia. El peligro de la indefinición continuada es latente y de carácter existencial; ojalá no realicemos la importancia de estos principios cuando ya sea demasiado tarde.
El autor es abogado y profesor de derecho internacional

