Antes que nada, mis disculpas por el atrevimiento de parafrasear al inmortal Gabo en el título de estas líneas. “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” ... Hoy, mientras afrontamos esta crisis, estoy seguro que somos muchos los panameños que comprendemos cuanta verdad encierran esas palabras. Por la naturaleza de mi trabajo me corresponde interactuar regularmente con extranjeros y algo que les llama mucho la atención es nuestra jovialidad y espontaneidad.
La confianza con la que abrimos la puerta de nuestros hogares “al amigo de mi amigo”. Lo que para nosotros es normal a ellos les asombra y a la gran mayoría les encanta, pero la pandemia que padecemos, nos lo ha quitado ... y es entonces cuando caemos en cuenta cuanto significa para nosotros la bendición y ese beso en la frente que nos regala la vieja cada día o aquel “qué sopá mi fren”, seguido de un estrechon de manos con el amigo. Ni que decir de ese asado sabatino, “con pinta y sao pa’ echar cuento”, o la excusa del café vespertino, para la tertulia del caso político del momento.
Sin embargo, como sociedad es preciso que hagamos el sacrificio de acatar las normas de bioseguridad que impongan las autoridades de salud, las cuales están orientadas a disminuir los riesgos de contagio y propagación del virus, si queremos que la mayoría de los que habitamos este pedacito de tierra, podamos volver a disfrutar esas cosas que tanto nos gustan y nos definen como nación.
Mi eterno agradecimiento a todos esos panameños y panameñas que arriesgando su salud, salen cada día a brindar sus servicios a los enfermos; al productor agropecuario, gracias al cual tenemos alimentos, y todo aquel que de una u otra forma aporta su granito de arena, para que la inmensa mayoría podamos campear el temporal lo mejor preparados posible.
Como la gran familia que hemos demostrado ser los panameños, confío en que pronto superaremos esta prueba y saldremos adelante, y que cuando podamos volver a abrazarnos, sea con más fuerza.
El autor es ciudadano