La ciencia, decía José Martí en 1875, “es el conjunto de los conocimientos humanos aplicables a un orden de objetos, íntima y particularmente relacionados entre sí. […] Es el fundamento de conocer: no es el resultado de haber conocido”. (Revista Universal, México, 18 de junio de 1875). La ciencia, en efecto, es una actividad cuyo producto es el conocimiento. Se trata de una forma de trabajo compleja, que demanda especialistas capaces, a la vez, de llevar su pensamiento a las formas más abstractas de reflexión, y de dominar el uso de equipos y métodos muy sofisticados para indagar en la realidad.
Como toda actividad productiva, el conocer depende de la demanda de sus productos, la cual está asociada al grado de división del trabajo existente en la sociedad. Una sociedad con un bajo grado de desarrollo social y económico tiende a percibir la ciencia como una actividad marginal, con poca utilidad práctica, sin percatarse de su importancia para resolver los problemas que la aquejan.
De aquí viene que nuestros jóvenes entiendan a menudo que deben ir a la universidad para adquirir conocimientos, no para aprender a producirlos. Con esto, terminan a menudo intentando aplicar conocimientos que fueron producidos en función de circunstancias y demandas muy distintas a las de su propia sociedad, aislándose de ella en el proceso.
Esta contradicción –sin desarrollo no hay ciencia y sin ciencia no hay desarrollo– solo puede resolverse mediante la colaboración en el sistema global de gestión del conocer, que permite hacer de la ciencia una actividad “glocal”.
Para que esa “glocalización” sea fecunda para todas las partes, siempre será necesario injertar “en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”. (El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891).
Ese camino permitirá ampliar el aporte de la ciencia a la cultura y el desarrollo de la sociedad. Con todo, recorrerlo implica un desafío no siempre bien percibido: que el científico conozca a su sociedad, para que pueda trabajar con ella y no solo para ella. De eso dependerá cada vez más el aporte de la ciencia a la solución de los graves problemas de nuestro tiempo.
El autor es doctor en Estudios Latinoamericanos y miembro de Ciencia en Panamá
