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‘Cerrando Brechas’

El diálogo del Bicentenario, ¿un pacto de villanos?

Con un aire entre jubiloso, que anticipa discusión y solución de problemas de la nación panameña, y también enigmático por la falta de información sobre sus objetivos, participantes y procedimiento, se anuncia el Diálogo Nacional del Bicentenario, en noviembre próximo, cuando se conmemoran 200 años de la separación de Panamá de España.

Un anuncio más en la sucesión chaplinesca de anuncios, de anuncios de anuncios, de diálogos, de conversaciones y de otros eventos, que se evaporan con los rayos del sol al amanecer del día siguiente. El señor presidente de la República, cuya imagen pública, la de su administración y la del PRD, hacen frente al deterioro y a la incredulidad de los ciudadanos, se ha reunido con representantes de los partidos políticos vigentes en Panamá, para hacerles el anuncio del Diálogo del Bicentenario, “Cerrando Brechas” u otro calificativo.

¿De qué se ocuparía el diálogo? ¿De la desigualdad, pobreza y marginación económica y social creciente, deficiente educación pública, insuficiente producción alimenticia, altos precios de los alimentos, carencias dramáticas en la atención pública de la salud, altos costos de los servicios de salud privados, creciente y peligrosa militarización de los servicios de seguridad pública, galopante prostitución de los mecanismos de elección popular a causa del clientelismo, corrupción que cubre amplios sectores de la administración pública y que impregna otros sectores de la sociedad? ¿De un Órgano Legislativo corroído por la ignorancia, la incompetencia, la impunidad, el clientelismo electoral vulgar y envilecido, el despilfarro, la improvisación, la chabacanería, la corrupción y la peligrosa tentación de iniciativas politiqueras y disparatadas, que tiene secuestrado al Gobierno y al país? ¿De la impunidad de funcionarios que no tienen responsabilidad por su disparatada gestión o atraco de los fondos públicos, en obras que se pagan con nuestros impuestos? ¿De la falta de control y racionalidad en los gastos de la administración pública, deficiente provisión de agua potable, ausencia de caminos para las áreas rurales y de producción agropecuaria, inadecuada protección de los servicios internacionales de Panamá ante presiones internacionales, privilegios leoninos para abogados y otros servicios profesionales en perjuicio del ciudadano común, carencia de profesionalidad en las representaciones diplomáticas y consulares en el extranjero? ¿De la insolvencia inminente de la seguridad social prestada por la CSS, escandalosa ausencia de administración de justicia, deficiente represión de la criminalidad común y la de alto vuelo económico, y otros asuntos de tanta o mayor gravedad? ¿Son estos los asuntos de los que se ocuparía el diálogo?

¿Quiénes participarían en el diálogo? ¿Los partidos políticos y la conducción del Gobierno? ¿Son en la práctica, en Panamá, los partidos políticos entidades de interés público creadas para promover la participación de la ciudadanía en la vida democrática y contribuir a la integración de la representación nacional y la solución de los problemas nacionales? O, por el contrario, la dolorosa realidad es que, en Panamá, los partidos políticos son grupos de individuos y grupos que conciben en mayor grado al Gobierno y el país en su conjunto, no como un objetivo de servicio público, sino como un botín del que debe obtenerse el mayor aprovechamiento posible al menor costo para ellos y en el menor tiempo posible. Su dinámica fundamental es organizarse y activarse por medio de la gestión electoral para la obtención y administración del Gobierno, y mantener su control el mayor tiempo posible.

Frente a tales elementos, ¿no resulta engañoso plantear o pensar que los problemas nacionales antes indicados y otros serán solucionados con el aporte de quienes son precisamente los responsables de su creación, agravamiento e indiferencia? ¿Se trata de una “huída hacia adelante” por medio de la cual, carentes de la capacidad técnica o moral, y de la voluntad política, reemplazaríamos las inefectivas normas y actuaciones por otras que tampoco se irán a cumplir, y así, sucesivamente? ¿Estamos acaso ante un pacto de villanos, en que los interlocutores tratan todos de engañarse mutuamente, haciendo creer que no se dan cuenta? A fin de cuentas, ¿no se trata de una maniobra de distracción, una vez más, a los cientos de miles de hijos de nuestro sufrido y agraviado país?

Trabajar y no robar. Estas notas de incredibilidad, de amargo escepticismo, finalizan sin embargo en un mensaje de alegría, honra y aliento: el reconocimiento a los cientos de miles de ciudadanos de Panamá que luchan día a día con su trabajo laborioso en la administración pública y la empresa privada, con su solidaridad humana y social, a mantener en alto el principio de que un país se construye y mantiene trabajando y no robando. La solución es sencilla: si los Gobiernos y los partidos políticos y sus beneficiarios trabajasen y no robaran, serían innecesarios los tan anunciados “diálogos”.

El autor es consultor en asuntos económicos y bancarios


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