Si analizamos la historia patria, nos damos cuenta, de inmediato, que esta se encuentra secuestrada por “cuentistas”: persona utópica cuya mente y subconsciente son exponenciales a los mitos, omisiones y mentiras que utiliza en la fantasía de los cuentos, construyendo narraciones que simulan versiones antípodas de la realidad, y las exponen como si fueran verdad. Toman una fuente y hacen de ella una narración, sin considerar que las fuentes, por si solas, no constituyen historia. Esto hace inexcusable la creación de un “Instituto de Historia”, regido por “historiadores profesionales”. Y su defensa, construida en el mundo académico-educativo investigativo.
El historiador se distingue del cuentista por el hecho de que no inventa lo que cuenta. Este indaga, analiza y, sobre todo, interpreta las “fuentes” referenciales, uniendo un dato con otro, siguiendo una metodología coherente. Las “fuentes” son las evidencias, son el principio o fundamento de algo, y las divide en dos: las “fuentes primarias”, las que queremos conocer como se constituyeron en su momento, sin ser sometidas a ninguna modificación posterior (actas, escudos, etc.), y las “fuentes secundarias”, las que se elaboran a partir de las fuentes primarias (libros, artículos, etc.).
Ejemplaricemos un episodio histórico basado en las fuentes. Iniciemos aclarando el significado del término “independencia”. El cuentista lo muestra como si este fuese una bandera de guerra y la utiliza para redactar un cuento sin tomar en cuenta que esta palabra, por sí sola, no significa nada; está diseñada para las consecuencias y nunca para las causas. Independencia es una “ilusión” sin raíces, que adquiere fundamento solo cuando conlleva un “motivo”; de lo contrario, sería como tejer con una aguja sin hilo.
Nuestra “ilusión” de lograr la independencia de la Corona de España era porque conllevaba el “motivo” de formar una “República Autónoma”, lo que es olímpicamente omitido en la narrativa del cuentista. Con esta finalidad se fundó Misceláneas, tabloide de información general e iniciador del movimiento “republicano”, que impulsó la declaración de independencia en el Cabildo de La Villa de Los Santos, para formar la República. Para hacer que este heroico acontecimiento fuera extensivo al resto del istmo, se organizó en la capital el Cabildo de Panamá del 28 de noviembre de 1821. Sorprendentemente, este punto medular de la agenda independentista no fue tema en el cabildo. Y, en su lugar, apareció de la nada la figura de una “unión voluntaria” a la Colombia de Simón Bolívar. Tesis avalada por el cuentista, pero que, en la lucha santeña, no se menciona ni se luchó por.
Históricamente, Panamá ha sido siempre una especie de diapasón que ha amplificado cualquier sonido entre las dos orillas del Atlántico y Pacífico. En su momento, era el enclave estratégico que Bolívar deseaba poseer, para poder transportar bienes y tropas de un océano a otro. Así, después de dos intentos fallidos, finalmente le llegó la oportunidad; el istmo estaba militarmente desprotegido e indefenso a cualquier ataque, los ejércitos españoles habían partido al Ecuador. Ante este escenario, Bolívar organizo una invasión, a tan solo dos meses antes del Cabildo de Panamá del 28 de noviembre. Sus órdenes eran: “invadir y tomarse el istmo”, y más adelante indica: “Una vez liberado el país, debería publicarse solemnemente la ley fundamental y prestarse el juramento de rigor al gobierno y a las leyes de Colombia”. Incursión que repentinamente suspendió. ¿Por qué?
Un historiador entrelaza esta fuente con lo acontecido en el cabildo, logrando una válida hipótesis del motivo. El cuentista la omite, no es parte del cuento. Veamos.
Momentos antes de dar inicio al cabildo, sucedió una repentina alteración en su conformación, cambiándose a un “cabildo abierto”. Esto permitió que personas, sin haber tenido ningún tipo de aportación o identificación con el movimiento separatista, pudiesen participar. Así, militares y agentes enviados por Bolívar coparon el local, llevando bajo el brazo el acta de independencia (o la sumisión a Colombia) ya redactada. Con esta acción lograron alcanzar exactamente los mismos resultados que lo planificado con la suspendida invasión y sin mucho escándalo.
Un historiador profundiza esta hipótesis cotejándola directamente con el acta de independencia (fuente primaria) y su redacción. De inmediato, resalta a la vista que “el documento está redactado en papel membretado con los símbolos que identifican a Bolívar personalmente”, metamorfoseando el documento a un manifiesto revolucionario, que esconde en su redacción una invasión, no tan disimulada, al istmo. Eliminado de tajo el cuento de la unión voluntaria.
Solo hay que interpretarlo: el escudo central es el que Bolívar utilizaba personalmente, como si fuera su foto. Es el mismo que se muestran en el acta de independencia de Colombia, del 20 de julio de 1810, y en la de Cartagena de Indias, del 11 de noviembre de 1811. Los otros dos escudos que lo escoltan son los de la República de la Gran Colombia y el de las Provincias Unidas de Nueva Granada, ambas fundadas por Bolívar, que era su presidente.
Vergüenza da la interpretación que el cuentista expone a esta irrefutable fuente primaria y, peor aún, afirmar que Simón Bolívar fue el más “sorprendido”, al enterarse que voluntariamente los panameños le habíamos regalado el istmo. ¡Absurdo!
Termino este pasaje diciendo que la lucha santeña no murió en el Cabildo de Panamá, manipulado por Bolívar. Continuó por 82 años más, donde se registran cuatro fallidos intentos independentistas, hasta que, finalmente, en el cabildo del 3 de noviembre de 1903, se concretó el anhelo santeño de independizarnos y formar una República, lo que nos pertenecía por derecho propio desde hacía 200 años. La historia está allí, frente a los ojos, es real, solo hay que interpretarla, y quién más que por profesionales de la historia, para no confundirla con una convincente narrativa de un cuentista.
El autor es empresario y diplomático
