Más allá de la marca país, del marketing y de lo que pretendemos que los demás piensen de nosotros, llegó el momento de cuestionarnos —seriamente— el tipo de país que queremos y empezar a actuar en concordancia. Porque en este Panamá polarizado, en el que reina la desigualdad y el descontento, ya no tenemos el tiempo de seguir esperando una solución perfecta, una con la que no corramos riesgos. Eso es irreal.
No, no somos ni la Suiza ni el Dubái de las Américas. Eso era un espejismo. Nos creímos el cuento de un gobierno estable y una economía en crecimiento, y la realidad nos está dando una cachetada. Quizá esto que estamos experimentando como sociedad, que parece una desesperanza aprendida, realmente sea un estado de shock, porque la realidad es asfixiante y difícil de asimilar. Pero no podemos continuar así. Eso ya no es viable.
Por primera vez he considerado irme de Panamá. Pero ya no soy una chiquilla. Este año cumplo 45 y toda mi vida está aquí. Mi familia, mi trabajo, mis amigos, lo que quiero, por lo que lucho y por lo que me he esforzado... Todo está aquí. Si no me queda otra alternativa, me tendré que ir. Pero no lo haré sin antes haber agotado todos los recursos que tengo para tratar de empujar un cambio real, un cambio de base.
Estoy convencida de que, en estos tiempos de crisis democrática, cuando parece que hemos tocado fondo, ha llegado el momento de echar mano de la constituyente como la herramienta que nos permitirá definir nuestro futuro. Porque para poder conseguir una transformación radical que logre una metamorfosis en las estructuras básicas, tenemos que dejar de poner parches sobre lo que ya sabemos que no está funcionando. Pero, ¿cuál debe ser la forma?
Quizá una asamblea constituyente autoconvocada sea la forma. Pero esa manifestación ciudadana tendría que ser de tal magnitud que no dejara duda alguna de la legitimidad de convocar a una constituyente originaria. Ahora bien, ¿qué tan real es la posibilidad de una revolución social? ¿Será que los focos de descontento que estamos viendo están cerca de una irrupción tan violenta que genere estos niveles de caos? ¿Estamos seguros de que necesitamos una explosión social? ¿Queremos que se estremezca todo, al punto que no nos quede otra opción que comenzar de cero? Más allá, ¿estamos dispuestos a destruirlo todo para resurgir de las cenizas? Esta no sería mi primera opción. El solo hecho de escribirlo me deja claro el poco control que tendríamos de inicio a fin.
Por otro lado, está la cada vez más sonada constituyente paralela. Me da pavor escuchar a los líderes de algunos partidos políticos y otras fichas de dudosa agenda tan entusiasmados con esta alternativa y empujándola con inmenso fervor. Además, no deja de causarme gran curiosidad lo reactivos y absolutos que se vuelven cuando son cuestionados. Casi como si lo que desearan es que les demos un cheque en blanco. ¿Por qué, si para poder tomar una decisión inteligente hay que estar bien informado? Así que claro que dudo de sus intenciones.
Pero entonces, ¿qué? ¿La damos por perdida? Siendo estratégica, me parece más sensato aprovecharnos del dinero, poder e influencia que los poderes políticos y económicos están teniendo que invertir y los espacios que están viéndose obligados a abrir... y ocuparlos.
Claro que con una constituyente corremos riesgos. No tenemos forma de saber lo que va a pasar. No tenemos garantías de nada. Pero, en vez de enfocar nuestras energías en quiénes la están impulsando o por qué, mejor nos enfocamos en prepararnos e involucrarnos en el proceso desde el principio. Tal vez de esta manera logremos evitar que los partidos políticos y otros intereses se apoderen de todas las sillas. Quizá, si tomamos esta oportunidad como nuestra, logramos llenar esta mesa con caras nuevas y capaces de impulsar un pacto más justo, con base en los derechos fundamentales.
Urge que pensemos en nuestro futuro, pero con un enfoque maduro. Necesitamos una nueva columna vertebral que siente las bases de un estado de derecho, con un nuevo pacto que logre un consenso social para un país que sea más justo y solidario. No hay nada mágico detrás de esto. Una nueva Constitución no será una solución milagrosa, pero sí un comienzo y un paso en la dirección correcta hacia la posibilidad de una vida más humana.
La autora es psicóloga, empresaria y propietaria de restaurante
