Este artículo se lo dedico a todas las mujeres; en especial a mi hija, mi madre, mis tías, mis abuelas y bisabuelas. Todas han tocado mi vida de formas excepcionales y me permiten ser la mujer que soy hoy en día. A todas las que rompemos las fronteras de las limitaciones autoinfligidas y las que la sociedad nos ha impuesto, muchas veces amparadas por interpretaciones de textos religiosos a beneficio y antojo del que tiene el garrote de turno en la mano.
Es ese mismo garrote moral el que decide lo que se puede o no hacer, lo que se puede o no desear, lo que se puede o no pensar, lo que se puede o no sentir, lo que se puede o no decir.
La simple existencia de llegar a este mundo con un libro en blanco, para en él escribir una historia de vida llena de emociones y experiencias, con tu nombre como escritora. Esa es la libertad de ser mujer.
La libertad de poder ser quien quieras y como quieras. De poder decidir por ti y para ti. La libertad de poder alzar la voz en público, vestir como más te guste, educarte, trabajar de lo que mejor te parezca, votar y ser políticamente activa, el poder hacer todo el ruido que quieras con los zapatos que quieras, el poder decidir sobre tu cuerpo y tu sexualidad, el poder ser la mujer que quieras ser.
Y la mujer que quieras ser no tiene fronteras, no tiene estándares de belleza, no tiene obligación de credo, no depende de casarse y tener hijos para ser una mujer completa.
Simplemente eres tú la mujer que quieras ser.
Las últimas semanas he estado muy indignada por la crisis en Medio Oriente, donde los derechos más básicos que damos muchas veces por sentado, simplemente son una utopía. Donde se vive bajo la sombra del hombre en todos los posibles sentidos.
Pero, y en países como el nuestro, ¿cómo viven muchas mujeres? Aunque no parezca cierto, muchas viven bajo el terrorismo físico y emocional de un abusador. Que las priva de alimentación si son discapacitadas, que las amenaza con la pensión alimenticia y la custodia de los hijos, que las acosa hasta lograr abusos, maltratos e incluso la muerte.
Donde el recurso que las autoridades les dan es una “boleta de protección”, que debe ser un blindaje invisible para la mujer, cuando en realidad lo único que hace es mancharse de su propia sangre cuando es atacada y, en última instancia, asesinada. Que si sirviera de algo sería para recoger la sangre del piso donde fue asesinada.
Ya basta de que pensemos que los derechos de las mujeres son violentados en otras latitudes y de que esto es algo de otras culturas. La realidad es que esto es parte de la cultura machista (frase que a más de uno le incomodará) de muchísimos países, incluyendo al corazón del universo.
Necesitamos fortalecer a nuestras mujeres desde adentro hacia afuera. Porque somos nosotras las que damos vida, las que somos capaces de formar nuevas mujeres y hombres, que con respeto sepan que todos somos iguales y que por esto se nos respeta por igual.
Necesitamos el compromiso de todos los que formamos parte de esta sociedad, para garantizar que todas tengamos la misma oportunidad en todos los ámbitos. Desde salud, educación, carrera profesional, deportes, leyes, política, entre muchos otros.
Estas mismas mujeres seguiremos rompiendo las barreras y los estereotipos en un mundo liderado por hombres. Donde cada día nos abrimos paso para poder seguir y que las siguientes generaciones hereden un mundo donde se respete a las mujeres y que se entienda que somos capaces de hacer todo lo que queramos hacer. No importa dónde, cómo ni cuándo, lo vamos a lograr. Esta lucha tiene siglos y aunque el camino se nuble, estamos cada vez más cerca.
Esto va para ti mujer, este es tu momento. Naciste para ser plena, segura, feliz y para hacer con tu vida y tu destino lo que mejor te parezca. Esa es la libertad, no el pecado de ser mujer.
La autora es arquitecta

