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Senniaf

El peor tipo de corrupción

Tenemos claro que la coima y la malversación de fondos son tipos de corrupción que carcomen el sistema democrático y la institucionalidad de un Estado. Sabemos que, a través de estos actos, perdemos dinero de nuestros impuestos. Y así, en lugar de chorrear beneficios para la sociedad, nuestros aportes se filtran en un colador de huecos tan mínimos que apenas vemos restos de lo que alguna vez fue un manantial.

También sentimos rabia cuando nos enteramos que un funcionario contrata directamente a una empresa allegada. Sabemos que detrás de la contratación de la empresa de fulanito, se esconde un “cut” del “negocio” para menganito.

Pero ahora entiendo que el peor tipo de corrupción no es la contratación directa a la empresa de fulanito ni la coima. El peor tipo de corrupción es cuando contratan a fulanito para un puesto de servidor público para el que obviamente no está preparado y el cual honestamente no le interesa, porque le fue regalado.

Las botellas no representan ni el más mínimo beneficio para la sociedad, porque la persona no tiene las competencias ni la experiencia necesaria para llevar adelante las obligaciones necesarias para el puesto. Al “ahí te mando a mi sobrina” le sigue un “calladita te ves más bonita”, y se paga con un “al jefe lo que pida”. La ineptitud se casa con el silencio y la conspiración. El no me importa seduce a “ese no es mi trabajo” y terminamos con una institución hueca llena de plagas y pulgas, cuyo impacto negativo subestimamos.

Pero por más que las botellas nos daban rabia, nunca nos importó tanto como los otros tipos de corrupción y, en muchos casos, éramos partícipes de esta practica que ha beneficiado individuos en todos los niveles socio económicos de este país.

Ahora, ante la situación de pandemia, nos encontramos con un sistema educativo arcaico e incompetente, que se burla de la población que más los necesita. Nos estrellamos contra un sistema de salud ineficiente, inestable y en escombros, que más que ayudarnos a encontrar seguridad, confianza y esperanza, es parte importante del problema del que agonizamos a diario. Para ver cómo se abre espacio para más botellas en el sistema de salud, solo hay que observar los intentos de la Asamblea para modificar la Ley 43 de 2004, que exige que los estudiantes de medicina tomen un examen para medir sus competencias y aplicar a una plaza de internado en hospitales.

Pero lo peor ha sido desenmascarar la realidad de un sistema que supuestamente ayuda y protege a nuestra población más vulnerable: los niños, niñas y adolecentes víctimas de abuso, cuyo cuidado y recuperación está bajo tutela del Estado. Su revictmización de la mano de una institución que no tiene ni los recursos ni la predisposición para ayudarlos y además está repleta de botellas, es un insulto a la sociedad.

La Senniaf es una de esas instituciones donde hay trabajo para los del partido y sus familiares, porque “nadie se da cuenta” y “a nadie le interesa”. Y es que, según el informe publicado, la politización de esta institución ha debilitado su intervención y borrado cualquier esperanza de impacto. El constante cambio de personal técnico y administrativo a través de los años ha dado paso al abandono de los menores en espacios donde su vulnerabilidad se amplifica y donde las historias de terror sobrepasan la imaginación.

Entre negarle medicamentos a discapacitados, el abuso sexual y psicológico, los abortos forzados y el maltrato físico, no hay espacio para excusas, disculpas ni comunicados que logren apaciguar el dolor y daño que ha causado la Senniaf.

Es inaceptable seguir sintiendo rabia por botellas. Empecemos por exigir la renuncia de dirigentes y funcionarios de la Senniaf, incluso si ahora trabajan en otras instituciones estatales. Empecemos por exigir juicios donde el peso de la ley caiga sobre los responsables, para luego exigir mecanismos de contratación de servidores públicos que requieran competencias y experiencia para cargos técnicos y administrativos en todas las instituciones. Exijámoslo en voz alta, porque el silencio será parte del abuso.

La autora es socióloga


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