El plebiscito recién celebrado en Chile ha estado en los ojos del mundo y en el de Latinoamérica en particular

El plebiscito recién celebrado en Chile ha estado en los ojos del mundo y en el de Latinoamérica en particular
Foto del 25 de octubre pasado que muestra a manifestantes que apoyaban la reforma de la Constitución chilena reunidos en la Plaza Italia de Santiago. AFP

En medio de una pandemia y con un alto grado de participación ciudadana (más del 50% del padrón electoral), Chile volvió a demostrar que es posible encausar crisis políticas a través de vías institucionales y es esa, sin lugar a dudas, la primera lección de lo ocurrido el domingo 25 de octubre.

La segunda lección está asociada a que la opción Apruebo (una nueva Constitución) arrasó con las preferencias de la gente (78% a favor ) en contraste con un tímido 21% que se asiló en el Rechazo a un nuevo Código Político.

¿Que quiere decir esto? Que la inmensa mayoría de chilenos entiende la necesidad de discutir una nueva Constitución en democracia, a diferencia de lo que ocurrió sobre la actual, cuyo Constituyente originario fue la dictadura de Pinochet.

Es cierto que las constituciones no son “pócimas milagrosas” que cambian los países apenas son aprobadas.

De hecho, gran parte de las experiencias comparadas frustradas está dada por esta distorsión, bajo la cual a veces cunde la hipérbole de derechos y de cláusulas declarativas que no tienen un correlato con la realidad de los países y la capacidad de sus Estados en responder a las expectativas cifradas por las personas.

A eso se ha sumado el triste expediente de algunos cambios constitucionales promovidos para ajustar las reglas del juego en favor de proyectos particulares.

¿Que son las Constituciones entonces? Las Constituciones son un entendimiento que entrelaza generaciones y visiones en un devenir a partir del cual se construyen los grandes acuerdos de una sociedad. Un marco histórico que conecta la fuerza del pasado con el desafío del futuro de cada país.

Son también una reafirmación del tipo de comunidad en la cual vivimos y definen un momento, a partir de su discusión, que permite catalizar expectativas, visiones y necesidades.

Por eso la discusión constitucional suele darse en tiempos convulsos y de reivindicación social.

De hecho siempre ha sido así en Chile en todas nuestras Constituciones pretéritas y en esto es importante diferenciarla de la violencia que suele empañar y tomarse la escena pero sin ser en ningún caso la fuerza predominante ni menos la convocante. A ratos la estridencia de las redes sociales o la inmediatez de la noticia nos dan esa impresión.

¿Pero hay riesgo en este camino que se inicia? Por cierto que sí. Los procesos democráticos demandan estar a la altura de su relato y no se satisfacen con meras elecciones, requieren transparencia, participación, virtud cívica, conocimiento clima ciudadano, resultados y una prensa vigilante y que acompañe este devenir informando sin capturas ni censuras.

Lo vivido el domingo pasado es solo el punto de partida para Chile. El desafío vale la pena y es en todas sus formas mucho más viable que “tapar el sol con un dedo” y postergar cambios políticos so pretexto de las circunstancias.

Y es que a veces en nuestros países (tomo América Latina como ejemplo) las transformaciones constitucionales han estado en las campañas electorales, pero suelen desaparecer o guardarse en los cajones, una vez que asumen los gobiernos.

Así las cosas, el Plebiscito de Chile marca una ruta, en la cual el próximo hito es la elección de 155 constituyentes en abril del 2021, para discutir una nueva Constitución.

No es un salto al vacío. Tampoco una hoja en blanco. Chile tiene un rico patrimonio constitucional histórico en el cual principios como el respeto a los derechos humanos, a los tratados internacionales ratificados, al modelo de una economía abierta, competitiva y respetuosa de la inversión extranjera, significan un estándar que fija un punto de partida para lo que viene.

Y no es poco porque entre 1980 y el presente ha corrido “mucha agua bajo el puente” y uno quisiera que ese tiempo se refleje también en un nuevo consenso constitucional sobre cómo el Estado enfrenta los desafíos solidarios post pandemia, sobre cómo visualiza nuevas formas de organizar la familia y la sociedad o de cómo vincularse globalmente con la comunidad internacional cuando las reglas de convivencia ya no son solo locales.

El camino es largo pero Chile estará a la altura del reto como lo ha hecho siempre en su historia. Tenemos una tradición en respetar instituciones, en no cambiar reglas del juego, en escuchar a nuestros ex-presidentes y en crear políticas públicas más allá del ciclo del gobierno de turno. Esa disciplina republicana volverá a ponerse a prueba hoy más nunca.

El autor es profesor de relaciones internacionales y exembajador de Chile.


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