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Libros para estudiantes

El precio de la ignorancia

Estamos sumergidos en un pantano nacional en términos de educación. En realidad, estamos desde hace varias décadas en un estanque cuando hablamos de educación. Es un abismo que parece expandirse como el universo. Un agujero negro que nos devora sin misericordia.

No es culpa de este gobierno, ni del pasado ni de los anteriores; es culpa de todos, incluso de otros sectores como el empresarial y de las instituciones que han operado indiferentes. Es culpa de los medios de comunicación y de la iglesia y de la familia. Es culpa de todos.

Históricamente siempre tenemos una oportunidad. Siempre tenemos momentos en los que podemos tomar una decisión que sea una posibilidad. Siempre hay en la encrucijada una luz que nos permite tener una esperanza, como el náufrago que ha perdido la fe y de pronto ve a lo lejos el faro que lo llevará a tierra firme.

Por primera vez en muchos años vemos que se detecta un problema y, como una radiografía que explora las entrañas de la anatomía del sistema educativo, descubrimos la raíz de por qué nuestros estudiantes están llegando a tercer grado sin saber leer y escribir. Sabemos que hay que hacer un cambio y que urge que nuestros niños tengan más lectura oral y que estén en ambientes alfabetizados que les permitan ser más creativos y pensantes.

Esta deficiencia, esta carencia, este vacío de aulas sin literatura de calidad y escuelas sin bibliotecas es, sin duda alguna, el motivo de por qué los alumnos no aprenden a leer bien y no llegarán a terminar la primaria; otros se saldrán en secundaria porque no entienden lo que leen; otros pocos sufrirán las consecuencias y con suerte llegarán a la Universidad y no serán capaces de escribir su propia tesis.

El problema está más triste en nuestras áreas comarcales y campesinas donde la brecha de la desigualdad se combina con la carencia de una educación de calidad, sin libros dignos y sin bibliotecas en escuelas con docentes que a duras penas leen un cuento con una copia mal trecha. Esa es la realidad de nuestra educación.

Es por eso que nos causa un profundo dolor con una mezcla de indignación, las declaraciones de la diputada Zulay Rodríguez el 6 de febrero en el pleno de la Asamblea Nacional, cuando criticaba duramente la compra de un millón de libros que serán destinados a las escuelas. ‘Un millón de libros es mucho dinero’, ha dicho la diputada.

Con el debido respeto que se merece la honorable diputada Zulay Rodríguez es mi deber decirle que un millón de libros no es nada. Y es irrelevante que la compra se haya licitado internacionalmente y que X o Y país se la haya ganado, porque nuestros niños merecen tener en sus manos buenos libros y en Panamá no tenemos ni la calidad ni la cantidad de autores de este género que puedan cubrir esta necesidad.

Voy a ser duro, también: si en este país se atendiera el problema de las bibliotecas escolares y las bibliotecas públicas, no sería un millón ni tres ni 10 millones... se necesitaría una inversión millonaria para que nuestros niños tuvieran acceso a la información y a la lectura como la tienen en otros países de la región. ¿Le parece a usted gracioso, diputada, que sólo en San Miguelito, el distrito más populoso de la ciudad, haya sólo una biblioteca que a duras penas sobrevive?

Ahora que Meduca con un Plan Nacional de Lectura y Escritura mejorado y con un equipo de especialistas se han sentado a trabajar tratando de darle sentido a una estrategia para que el aprendizaje de la lengua de nuestros estudiantes mejore desde el preescolar a sexto grado, la honorable viene a decir que eso es mucha plata.

¿Acaso 7.5 millones de dólares invertidos en material de lectura para nuestros niños es escandaloso? Es realmente escandaloso y macabro el despilfarro que la Asamblea Nacional de diputados ha hecho de los dineros públicos en todos estos años de decadencia cultural y espiritual. Mandar a que Meduca recicle los libros de textos para nuestros estudiantes es una falta de respeto para cada niño de la nación y es muestra del desconocimiento del problema de la enseñanza en Panamá. Un millón de libros puede tener un costo, pero el precio de la ignorancia es más caro.

El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura en MiCultura


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