El pacto del bicentenario promete ser un diálogo entre diferentes sectores sociales y políticos del país para llegar a acuerdos comunes sobre el futuro de Panamá. Sin embargo, la piedra angular sobre la que se cimienta el diálogo es que el gobierno del Presidente Cortizo cumpla y eche a andar los cambios que allí se plantean, en un momento donde la confianza ciudadana en las instituciones está en un nivel críticamente bajo. En pocas palabras, el Ejecutivo está en un punto crítico donde necesita generar confianza para sentar a los actores en la mesa, a la vez que su partido enfrenta escándalos todas las semanas desde diferentes frentes.
Y la salida a esta encrucijada no parece ser sencilla, el Presidente debe intentar unir a un país entero cuando ya de por sí le es complicado unir a su propio partido.
El momento de éste diálogo también parece bastante curioso, este tipo de diálogos son parte de alguna coyuntura histórica especial o cuando hay presiones enormes por parte de sus opositores. El pacto de la Moncloa se da cuando cae el gobierno de Franco en España y tenían que unificar al país en una democracia. O más recientemente, cuando en Chile, por meses, millones de ciudadanos salieron a las calles a exigir cambios profundos en la gobernabilidad y democracia del país. Sin embargo este gobierno, aunque su imagen se haya visto afectada por diferentes escándalos, no cuenta con una oposición política a nivel partidista, evidenciada por el paso expedito del presupuesto, así como el poco contrapeso judicial y parlamentario a las medidas tomadas durante la pandemia.
Por el otro lado esta sí es una coyuntura histórica. La pandemia ha hecho más evidente la desigualdad en nuestro país y lo frágil de nuestra economía de servicios, momento crucial para plantearnos el Panamá del mañana. No solo eso, en un país democrático donde tantas personas no se sienten representadas por los actores políticos - evidenciado por la cantidad de votos que recibieron las candidaturas por libre postulación - un diálogo que promete pluralidad entre sus actores es una oportunidad para plantear las visiones colectivas de nuestro país. Cada movimiento, grupo, asociación tendrá la posibilidad de llevar a la mesa soluciones para los problemas que nos aquejan, y en democracia, esos espacios deben aprovecharse.
En un país donde la política huele feo - quizá intencionalmente -, participar en espacios democráticos es un acto de rebeldía. Y para no perder la costumbre, como dice Rubén Blades: “En algo hay que creer. Por algo hay que vivir, pues sin razón de ser no hay caso.”
El autor es director Ejecutivo de MOVIN