Amelia se alista a caminar 3 horas para llegar a su centro educativo. Tiene 8 años. Hoy conocerá, por primera vez, su escuela. Después de una batalla de 24 meses, se abre el espacio de esperanza de los niños, niñas y jóvenes (NNJ): la escuela. Hacen su entrada la ilusión y las expectativas de la mano de cientos de miles de NNJ y de una comunidad educativa con la misión de identificar las carencias formativas de sus alumnos, ofrecer alternativas de recuperación, nivelación, apoyo psicológico y socioemocional, y fortalecer la convicción que podrán superar las lagunas de aprendizaje y preservar las medidas de bioseguridad.
La historia de la educación panameña incluye cierres de clases por períodos extendidos, desde finales de los 70. Cada interrupción causó afectaciones como deficiencias académicas, sobreedad, repitencia y deserción escolar. El fenómeno que ocurrió a partir de 2020, juntó un cierre de clases, con la necesidad de ofrecer educación a distancia, para lo que Panamá no estaba preparada, con inequidades y diferencias importantes en cuanto al acceso a aprendizajes no presenciales. Hubo desigualdad de oportunidades entre quienes accedieron a educación virtual, versus los que lo hicieron a través de una señal televisiva, de radio o usaron módulos.
Cuándo en julio de 2020 inician las clases, se evidencia que hacían falta estudiantes. El fenómeno de la deserción escolar o el abandono momentáneo de las aulas se visibiliza. Se hacen esfuerzos por recuperarlos con la ayuda de la comunidad educativa. Se sistematiza una estrategia a través de la Red de Retención y Reinserción Escolar, propuesta del Consejo Permanente Multisectorial para la Implementación del Compromiso Nacional por la Educación (COPEME), acogida por el Ministerio de Educación (MEDUCA).
El desafío actual incluye el
imperativo de nivelar aprendizajes y equiparar oportunidades. Algunos retos son: recuperar a los alumnos que dejaron el sistema educativo; incorporar a aquellos que nunca fueron a la escuela, en especial, a los más pequeños; establecer un diagnóstico para implementar las estrategias de nivelación de los estudiantes; y medir su eficacia. Hay que asegurar la visibilización de los más vulnerables. En los casos de afrodescendientes, indígenas, personas con discapacidad, estudiantes en áreas urbanomarginales, de difícil acceso o en centros de cumplimiento requieren mayor atención. Incluye dar seguimiento a su estado de salud, su nutrición, su bienestar integral y, por supuesto, su salud mental. El gran desafío es implementar una estrategia que asegure que nadie quede atrás. La presencialidad juega un papel crucial. No basta ofrecer educación a distancia aunque sea incluyente y de calidad, si no podemos cerciorarnos del bienestar de los estudiantes y si no sabemos si hubo o no, aprendizaje significativo. Es crítico ofrecer espacios de socialización, oportunidades de esparcimiento, diversión y atención que no han recibido los NNJ en todo este tiempo, en un país en el que 1 de cada 3 chicos menores de 18 años es pobre multidimensional.
La presencialidad debe ser aprovechada al máximo. Hoy, el educador recibe a estudiantes con diversos niveles de aprendizaje. Le corresponde promover que haya aprendizajes significativos, tomando en cuenta esta diversidad.
¿Qué está en juego en este inicio de clases, después de 24 meses irregulares, en los que los menos tuvieron acceso a educación semipresencial?
Se juega el futuro de millones de personas a nivel mundial. Proyecciones de instituciones financieras indican que esta generación se privará de acceder a ingresos por el orden de los 17 mil millones de dólares debido a este paréntesis. Esta data nos permite dimensionar la importancia de aprovechar en debida forma la oportunidad.
Las falencias que arrastraba Panamá en educación se agudizaron, siendo un referente la prueba ERCE de 2019, aplicada antes de la pandemia, en la que el país pierde puntaje versus su participación en la versión anterior (TERCE).
Mientras disminuye el impacto de la pandemia en la vida en sociedad, ante soluciones que nos permiten funcionar colectivamente sin tener que aislarnos socialmente, las pérdidas de los aprendizajes sí pueden ser permanentes. No es éticamente aceptable dejar de lado a quienes más requieren ayuda. La escuela debe ser un espacio amigable. Los NNJ deben sentirse bienvenidos. El educador debe ser un líder pedagógico que inspire, promueva e institucionalice los cambios para que haya aprendizajes para toda la vida en sus alumnos. Los directivos deben fomentar, a través del liderazgo colectivo, que la escuela sea ese espacio de convergencia seguro para sus alumnos en el que alcancen su potencial. Los padres de familia deben ofrecer oportunidades a sus hijos, priorizando su educación. Los estudiantes deben proponerse vivir una vida con propósito que inicia con la conciencia que, justo en la escuela, se decidirá su futuro. Como sociedad, no podemos obviar nuestra responsabilidad. Desde el ciudadano más humilde hasta el más encumbrado, debemos dar el ejemplo para que nuestros NNJ comprendan que ha habido una interrupción. No es una condena a perpetuidad. Sí vale la pena aprender y sí es posible tener esperanza. Está en nuestras manos. Mientras tanto, Amelia acude a su primer día de clases. Sueña con ser enfermera. Propongámonos que sea más que un sueño.
La autora es analista en educación