La experiencia de leer nos conecta con diversos tiempos. Las palabras de Luz María Chapela en El tiempo en las Salas de Lectura y la mediación voluntaria, lo ilustran mejor: “Podemos prefigurar, configurar y transfigurar el tiempo. Lo prefiguramos cuando dibujamos imágenes del futuro, cuando imaginamos las cosas que haremos y los escenarios que, quizás, encontraremos. Lo configuramos cuando le damos significados, formas y texturas propias: cálido, abrupto, inclemente, hospitalario o abierto. Y lo transfiguramos cuando lo cambiamos, por ejemplo, de violento a pacífico, de ajeno a propio”. Para la autora, hay dos herramientas para dar significado al tiempo y para movernos dentro de él: el lenguaje y la literatura. Yo añadiría: la oralidad.
Otro autor, Edison Francisco Viveros Chavarría, nos dice que en el acto de leer confluyen el pasado, el presente y el futuro, y ninguno de los tres tiene prioridad porque están entrelazados. Desde la lectura, podemos tener una experiencia con la memoria social, un encuentro con la realidad de un presente inmediato y una disposición hacia el futuro. Estos tres momentos, incluso, se pueden configurar y representar con más precisión.
La lectura está llena de momentos fascinantes que están implícitos cuando leemos buscando sentidos. Los momentos de la lectura también tienen otros significados cuando lo hacemos desde lo privado y lo público, en el tiempo de ocio, en el tiempo del currículum, en un tiempo programado, en un tiempo de espera, en un tiempo asistemático e inconstante, como afirma Gustavo Bombini. Son momentos y espacios donde la lectura se desarrolla con diferentes propósitos.
Además, hay un tiempo de la lectura para la imaginación y la creación, donde leer nos permite construir y organizar proyectos de vida; un tiempo para el silencio donde se lee desde la intimidad y un tiempo para comulgar donde la lectura se comparte con el otro. Y hay un tiempo para cuestionar y dudar, para confrontar ideas relacionadas con el mundo, y otro para lograr acuerdos o consensos. En este sentido, concuerdo con Chavarría: el tiempo de la lectura es historia, concordancia y transformación. Esta es una relación antropológica.
La relación del tiempo con la lectura es armónica y también conflictiva. En la experiencia de la lectura, el tiempo se diversifica y se expande para crear posibilidades. Si pensamos en el pasado como un tiempo que abordamos para rescatar el valor social de la memoria, podemos visitar el pasado, afirma Luz María Chapela, y esa visita es una posibilidad para imaginar el futuro desde la referencia histórica; leemos el pasado para entender el presente y diseñar el destino.
También tenemos un presente. Un presente que es un momento de contemplación poética; el lugar donde sucede la experiencia lectora. Y un futuro, dice Chapela, un horizonte de espera construido con imágenes que diseñamos —en el presente— con ideas y símbolos tomados del pasado. De esta forma, concordamos con Viveros Chavarría: la experiencia de la lectura es el momento y el espacio donde confluyen el pasado, el presente y el futuro; no hay prioridad para ninguno, porque todos se complementan.
En el imaginario del patrimonio intangible de la oralidad, también hay un tiempo privilegiado. Muchas veces es un tiempo mítico o sagrado. Por ejemplo, dentro de la sensibilidad de la cultura del pueblo cuna existe el arrullo de Olonadili. En el arrullo cuna que ejecutan las mujeres gunas se narran historias de vida del entorno familiar. Es un tiempo para evocar acontecimientos memorables, como los nacimientos, los viajes, las llegadas, las alegrías, las muertes y tristezas del pasado reciente.
El presente aparece en conjeturas, hechos hipotéticos que se adelantan al futuro. Cuando la cantora narra el futuro, el Olonadili entra en el territorio de la imaginación. Los acontecimientos por ocurrir son contados como si efectivamente hubieran tenido lugar en el tiempo. Dado que en el arrullo se canta a los infantes, gran parte de la narración es dedicada a la vida futura de la criatura. Estamos ante el pasado, el presente y el futuro desde la oralidad.
Esto concuerda perfectamente con un estudio de Laura Benadiba, especialista en metodología de la historia oral. Ella afirma que “la historia oral no es simplemente la voz del pasado, es un registro vivo de la interacción completa entre el pasado y el presente con casa individuo y en la sociedad”. El tiempo de la oralidad es una relación armoniosa entre la memoria, el presente y el futuro. Es una construcción sociocultural que se relata a sí misma y al mismo tiempo evoca, descubre, duda y propone. La narración oral no solo ayuda a poner en perspectiva el pasado con su relación en las prácticas cotidianas del presente; también ayuda a pensar esa relación y su influencia en la manera como imaginamos el futuro.
Entonces, la lectura y la oralidad son prácticas socioculturales que están implícitas en muchos tiempos de nuestra vida y que son indispensables para pensar en posibles formas de convivencia. Hay un tiempo de la lectura y la oralidad que nos ayuda a dialogar sobre la vida y también a narrar lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos ser.
El autor es escritor

