Dice un adagio que no hay muerto malo y aunque la frase se refiere a la moralista costumbre de idealizar a aquellos que alcanzan ese hito de la existencia que llamamos muerte, hay personas cuya existencia definitivamente merece la pena reseñar y no solo por el merecimiento en sí mismo, sino por el ejemplo que dejan para las generaciones siguientes.
Este ese el caso de don Luis Carlos Reyes, a quien aclaro no tuve la suerte de conocer, por tanto escribo este artículo tirando de hemeroteca y referencias profesionales (que las hay y muy buenas) sin tocar su vida personal, de la cual ya habrá quien se encargue. El personaje de marras, nacido en el distrito de Cañazas, provincia de Veraguas en 1927, ejerció el derecho por más de 60 años de los que más de la mitad fueron dedicados a una intachable carrera judicial y de servicio público, cosa que ya pocos alcanzan. Dicha carrera empezó en su natal Cañazas (la de los años 40 para contextualizar) como escribiente del juzgado municipal (las trincheras judiciales) llegando a ser personero municipal, juez municipal, Juez de circuito, Magistrado de Tribunal Superior (en dos Distritos Judiciales) y finalmente llegó a ser Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, el más alto cargo, órgano del Estado del que fue Presidente, finalmente se dedicó al ejercicio privado del derecho, de manera exitosa como litigante. Todo lo anterior lo hizo sin haber tenido acceso a una educación formal, algo escaso y de difícil acceso en el Panamá rural de la década del 20 del siglo pasado, sin haber pasado por las bancas de una facultad de derecho y sin un título, y que conste que no he utilizado la frase “sin haber estudiado” ya que eso sí lo hizo y con demasía y eficiencia. Esto fue posible porque, con anterioridad a la ley 9 de 1984 que regula el ejercicio de la abogacía en Panamá, estuvo vigente la ley 54 de 1941, aprobada durante una de las efímeras presidencias de Arnulfo Arias. Dicha norma establecía que podían ser declarados abogados idóneos, personas que hubiesen ocupado ciertos cargos judiciales y administrativos, aun sin haber obtenido un diploma de derecho, que para ese entonces, en el ámbito local se limitaba a la Universidad Nacional, poco antes a la extinta Facultad Nacional de Derecho y anteriormente, entre otras iniciativas, a la Escuela Libre de Derecho.
Con su fallecimiento se cierra un capítulo nacional, meritorio de personas que se hicieron a sí mismos, autodidactas por antonomasia que supieron hacer del ejercicio del derecho, ya sea en el ámbito judicial o del ejercicio privado, una carrera digna y enaltecedora, fieles a los principios que dieron origen a una profesión necesaria para el equilibrio de la interrelación de las personas y la manida búsqueda de justicia. Bajo las leyes actuales, una persona con sus conocimientos, tesón y capacidad, no podría obtener la idoneidad para ejercer el derecho sin tener un título, sin embargo es la época en la que la profesión parece más cuestionada, no solo por la conducta de algunos de los ya casi veintisiete mil abogados idóneos, sino por la proliferación de facultades (alrededor de 17) y planes de estudio exprés disponibles en la plaza, que generan aspirantes a abogados que (más de la mitad) no logran aprobar los cursos de inducción que imparte el Instituto Superior de la Judicatura, que incluyen módulos de ética, y también por la ya crónica incapacidad del gremio de auto-regular correctamente el actuar de sus miembros.
El tema es preocupante porque la abogacía como se le conoce está bastante cerca de un parteaguas. La irrupción de la tecnología aplicada al derecho poco a poco reemplazará la necesidad del abogado en la redacción de documentos que regulan y equilibran la interacción de los humanos, por mencionar un ejemplo, por lo que la preparación, actualización, ética y la curiosidad autodidacta tienen más importancia para seguir siendo útiles a la sociedad y las relaciones humanas.
Todo esto me lleva a reflexionar en el ejemplo de personas como don Luis Carlos Reyes, jurista consagrado por mérito propio, al que consultaban y escuchaban aquellos que sí tenían un título formal, que supo ocupar con humildad el más bajo cargo del sistema judicial y ejerció con la misma suficiencia con el más alto y que deja un ejemplo de esfuerzo y conducta profesional digno de ser imitado. Lastimosamente, la imagen del abogado (y muchas veces el ejemplo para quienes no tienen una brújula moral desarrollada) en el ideario colectivo, está acaparada por personas mediáticas de conducta más que cuestionable, de ahí que escribo este corto y sencillo homenaje al último empírico, a don Luis Carlos Reyes pero sobre todo a su ejemplo.
El autor es abogado
