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Satélites

El valor de la cultura

Desde las sucesivas cumbres mundiales de responsables de cultura que se dieron a partir de 1970, pasando por la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales en 1982 que convocó la Unesco -donde el tema era las políticas culturales como estrategia de desarrollo- a las convenciones de ministros de cultura a partir de 1989 hasta comienzos de la década de los noventa y que siguieron en décadas posteriores, se ha hablado mucho de la necesidad del financiamiento de la cultura y los recursos para la correcta gestión. Pese a todo esto, la cultura sigue sin llamar la atención de los sectores importantes que intervienen en el desarrollo de la sociedad.

Desde hace muchos años, la contribución de las actividades culturales y creativas al producto interno bruto (PIB) ha sido un tema estudiado y discutido por investigadores, gestores e, incluso, creadores profesionales activos con la capacidad de recabar e interpretar información para producir conocimiento. Muchas de estas reflexiones se encuentran en las memorias de foros, seminarios y congresos, y en documentos. Sin embargo, todos estos valiosos aportes carecen de un instrumento para poder medir con precisión el impacto de la cultura en la economía.

De allí la necesidad de contar con estrategias e instrumentos de medición que se realicen de manera periódica, replicables y consistentes, que sirvan como tablero de control sobre dónde se encuentra el sector cultural del país y hacia dónde queremos dirigirlo. A principios del siglo XXI se habló de la creación de redes culturales de integración donde se podría gestionar conocimiento e información a través de metodologías diversas, como diálogos y experiencias de campo compartidas que generaban conocimiento. Con la tecnología, hoy es posible hablar de cuentas satélites de cultura.

Una cuenta satélite de cultura es un sistema de medición económica de información; una herramienta de recolección de datos en torno a las actividades y productos del sector cultural que permite tener un estimado del impacto de la cultura en la economía. Países como Argentina, Chile, Costa Rica, Colombia, España, México y Uruguay, ya han tenido resultados. Otros como Bolivia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Paraguay, Perú, República Dominicana y Panamá, están organizando sus estadísticas culturales de base, ejecutando sus planes de trabajo y haciendo los primeros cálculos para ofrecer información económica en la materia, según datos del Convenio Andrés Bello.

Panamá ya empezó a trabajar, desde el Ministerio de Cultura, en la construcción de una cuenta satélite de cultura que abarca a diversos sectores. La medición de la cultura a través de la creación de una cuenta satélite representa un paso importante para el reconocimiento de la cultura como un sector económico que genera divisas y empleos, y que brinda crecimiento y desarrollo económicos que se traducen en calidad de vida.

Esta construcción de conocimiento puede ayudar a decidir políticas y acciones culturales acordes con las necesidades reales del país. Una de esas decisiones, desde nuestra humilde opinión, es que el boceto que se tenga del panorama económico cultural ayude a destinar un financiamiento de la cultura plausible. Uso la palabra financiamiento, porque somos de la opinión que la cultura es una inversión y no un gasto, como piensan muchos. El sector cultura sigue siendo la cenicienta en este país, pese a los grandes ingresos que se generan gracias a ella.

Una cuenta satélite debe servir para tener un acercamiento al estudio del financiamiento de la cultura; debe brindar datos e información para visualizar y significar el valor social y económico del quehacer cultural para asignar recursos que permitan la cobertura total de todo el ecosistema. Si el financiamiento de la cultura sigue siendo pobre, por encima de los diagnósticos a su favor, entonces de nada servirán los indicadores.

Otro problema importante que me parece se debe tener en cuenta tiene que ver con los derechos de producción de arte y los derechos culturales. Una medición real de las actividades culturales debe legitimar todos los modos y formas de producción artística desde sus múltiples dimensiones sociales, como las tradiciones y costumbres, la oralidad, las creencias étnicas y folclóricas, las identidades juveniles, la cultura de los grupos y sectores no alfabetizados que tienen sus propias narrativas, las minorías étnicas que son portadoras de sus propias cosmogonías.

Desde las industrias creativas y sus insumos culturales, a la producción en un taller artesanal; desde la organización de un concierto de rock hasta la tarima de una cantadera; desde la oferta de formación de una escuela privada de arte al curso de guitarra en una casa cultural comunitaria; desde una exposición colectiva de arte en una prestigiosa galería a una intervención callejera de arte; desde un gran festival de danza a la presentación de un grupo de congo en una feria. Todos los sujetos y sus acciones, ya sea pequeñas o macros, tienen un impacto en la economía del país y deben ser tomados en cuenta.

El autor es escritor


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