En Panamá, estamos acostumbrados a cruzarnos por la vida con gentes de todas partes, que llegan a nuestro patio en busca de un lugar al sol donde tender sus ilusiones de prosperidad y una vida mejor. Porque aquí siempre ha habido chance para todos, “pro mundi beneficio”, pero las cosas están cambiando, y la tierra está seca y las vacas son siempre flacas desde hace más de siete años, o quizás desde hace treinta.
Lo que nos agosta desde hace mucho tiempo, herencia de los años verde oliva, es la corrupción que se ha instalado en el corazón de nuestra sociedad. Los políticos que están son corruptos de carrera, corruptos ya sin vergüenza y abiertamente, políticos que saben como revolver el sistema para que la vaina parezca diferente, pero es la misma basura de siempre, gatopardismo tropical “made in Panama”.
Poco a poco, la Asamblea, paradigma de las corruptelas por excelencia de nuestras instituciones, va comiéndose la fe del panameño en las posibilidades de nuestro país.
Que te roben a la cara, que salgan diciendo cómo funciona el sistema de botellas, o cómo se puede cambiar la ley para darle “play” y un segundo chance a los ladrones de hace tiempo, mina cualquier ilusión de prosperar en esta tierra.
Los que se queden lo harán por necesidad, los que se vayan lo harán por lo mismo y porque les dieron la posibilidad. Y las luchas de ambos serán las mismas. Porque si es verdad que nadie quiere irse de su tierra, también lo es que nadie quiere ver como la destruyen desde la distancia: son dos versiones de una misma lucha que lleva nombre tricolor.
Si no acabamos con la corrupción, hasta Dios mismo (Él comprende el uso que hago), cambiará de pasaporte. Nos toca a cada uno, allí donde estemos, dar la batalla contra esta lacra que se está comiendo nuestra maltrecha patria desde hace tiempo, empujándonos cada día hacia un exilio por supervivencia.
El autor es escritor

