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Derechos

En este closet estamos todos metidos

Este mes se cumplen cuatro años desde que John y yo presentamos nuestro caso ante la Corte Suprema de Justicia, ese que busca que nuestro matrimonio, celebrado bajo ley británica, sea reconocido en Panamá.

Más que la injustificada demora, lo que augura un fallo en contra es el hecho de que, contando ya con la Opinión Consultiva 24/17 de la Corte Interamericana de Derechos Humano, nuestro tribunal no se haya adscrito a emitir en estos años un pronunciamiento técnico bajo el principio de que los pronunciamientos internacionales en materia de derechos humanos pasan a formar parte del bloque constitucional. Ese principio fundamental ya fue seguido por las cortes de Costa Rica y Ecuador en casos similares al panameño.

Quizás, salomónicamente, la Corte se atreva a reconocer que nuestra petición no gira en torno a una semántica, como lo es el uso de la palabra “matrimonio”, sino al principio fundamental de la igualdad ante la ley, y reconozca así que el error fue cometido por generaciones anteriores por no haber llamado casamiento a lo pactado civilmente y matrimonio a lo sellado sacramentalmente.

Lo que resulta inadmisible es que, a estas alturas, los grupos que han sido víctimas de discriminación seamos, para colmo, acusados de agredir los cimientos sociales.

No hay duda de que la paridad legal se dará algún día en Panamá. Ese día, los panameños que hayan emigrado a otro país podrán regresar con su cónyuge del mismo sexo sin que tengan que recurrir a una visa de inversor extranjero como tuvimos que hacer nosotros. Ese día, podrá su cónyuge tener derecho a ejercer su profesión sin las cortapisas que impone la visa de inversionista. Ese día, podrá el panameño declarar a su cónyuge como dependiente sin tener que suscribir una segunda póliza extranjera para cubrir siniestros médicos, como la que actualmente estamos pagando. Ese día, podrá el panameño estar seguro de que su cónyuge automáticamente gozará de derechos sucesorios sin tener que estar siempre dudando si su testamento podrá ser impugnado con alguna de las tantas argucias que se han usado en el pasado.

El día que se dé la paridad legal ganará todo Panamá. Quedará claro que lo único que está por encima del concepto de soberanía nacional son los derechos humanos; que las normas civiles y eclesiásticas se aplican en esferas diferentes; que todo ser humano tiene derecho a construir su propio proyecto de vida; que para la gran mayoría de las personas dicho proyecto supone vivir en pareja; que la orientación sexual es una categoría de discriminación y, por tanto, incluida en todas las normas que prohíben la discriminación; y que la homosexualidad es una variante natural como lo es escribir con la mano izquierda, por lo tanto, es normal, aun cuando no es normativa.

El día que se alcance la paridad legal la Nación será más humana pues incluirá a un sector que ha sido siempre motivo de mofa y opresión. Ese día nos preguntaremos por qué los líderes religiosos jamás nos llamaron a una mesa de diálogo, y por qué nunca oyeron nuestras experiencias ni anhelos. El abuso no solo es físico sino también puede ser espiritual. Y en varias ocasiones las actuaciones de los lideres cristianos han bordeado el terrorismo espiritual. Ese día les recordaremos que Jesús relativizó todas las instituciones de su época y puso al ser humano por encima del sábado, del templo, de los tabúes y de la misma ley mosaica. Y para rematar, nos preguntaremos por qué Panamá fue el último país iberoamericano que despenalizó la homosexualidad y el último que reconoció los mismos derechos que ofrece el matrimonio civil.

La historia, la demografía y la geografía están a nuestro favor. Cada vez la igualdad legal se extiende a mas sectores. Las nuevas generaciones ya no tienen los prejuicios de sus padres. Más del 80 porciento de las personas que viven en nuestro continente residen en países que han aceptado la paridad legal de todas las personas, independientemente de su orientación sexual. Y no por eso México, Colombia o Ecuador son menos católicos que Panamá. Y no por eso Argentina, Estados Unidos y Canadá están destinados a un caos social.

Hasta ese día John y yo conduciremos nuestras vidas de la misma manera que lo hemos hecho por los últimos 21 años. Creciendo juntos como personas, sacrificando nuestros egoísmos en beneficio del otro, procurando la expansión de cada uno, con afecto, respeto y paciencia, y acompañándonos en las desventuras que la vida arroja a todos los seres humanos.

El autor es abogado


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