Decía Séneca que la mucha luz, como la poca luz, enceguece. Por esto, muy cerca de celebrar el avance sobre la meta común para todos y todas denominada salir de la pandemia o convivir mejor con ella al menor costo posible, enfrentamos el mayor de los riesgos: que por exceso de triunfalismo social o que por justas presiones de sectores del desarrollo, se promueva avanzar más rápido por las sendas del progreso, que aquel que puede asimilar el sistema en su conjunto y, en la puerta misma del horno, se nos queme el pan.
Cuando un modelo funciona no hay por qué cambiarlo. Con contadas excepciones, ya sea porque cayeron en la denominada trampa de la inteligencia o solo por ignorancia teórica conspirativa, nadie tiene dudas que la vacunación y el acto mismo de vacunar en Panamá tiene sabor a victoria, pero esto lleva detrás un proceso invisible que se manifiesta en el acto visible de ser o estar vacunados. Por lo dicho, el proceso completo de negociar para quedar en la parte delantera de la fila y no en lista de espera, armar los protocolos, asegurar la biodisponibilidad y bioequivalencia de la vacuna, trazarla desde su origen, durante el proceso y hasta su destino final como plato servido a la carta que contiene dos opciones de menú, es un fenómeno complejo que no admite, desde mi perspectiva, más que un reconocimiento.
No obstante lo dicho, la vacuna no lo es todo; la mayoría de los países desarrollados han mantenido una predisposición a creer en medidas únicas como las salvadoras, y aunque puedo colegir que el proceso de inoculación de la población ha sido elemento trascendente en la reducción de casos y desaceleración de número de contagios, esta, en sí misma, no resulta totalmente eficaz si no interactúa con otras medidas que crean factores protectores en la población, principalmente por la amenaza que resulta de variantes como la Delta en nuestro país, con más de 40 casos confirmados, y en otros como Estados Unidos que, de acuerdo a los CDC, representa más del 52% de las nuevas infecciones, y en el Reino Unido (ECDC), más del 74% de los casos secuenciados y el 96% de los casos secuenciados y genotipados.
Como un pequeño gran país, a diferencia de los dos anteriores conglomerados de ellos, no reemplazamos o sustituimos una medida por otra, si no que como tendencia general, Panamá, a ritmo más lento, le ha apostado a la gradualidad, a la asimetría en la apertura, trazando el virus, haciendo alianzas, redoblando la vigilancia epidemiológica, promoviendo la disciplina social y las medidas de bioseguridad para un mejor autocuidado, haciendo alianzas público privadas bajo pactos de honorabilidad y vacunando. Sin alguna de estas variables en la ecuación o todas a la vez, interactuando, como el juego de mesa Jenga (de la salud) o el Twister (sanitario), que, con cada color propuesto por el virus, ha generado un nuevo movimiento colegiado, que ha dependido de la coordinación de todas las partes del cuerpo para no perder el balance, luego el control y con este la partida.
Aunque dicen que la historia la escriben los vencedores, hasta ahora no hemos ganado ninguna guerra, pero sí pequeñas batallas que pueden estar sugiriendo que el modelo panameño ha sido diseñado como traje hecho por sastre, justo a la medida. También he observado críticos atrincherados, resistencia pasiva y aquellos que dicen que los verdaderos héroes y heroínas son los de primera línea, sin duda, pero honor a quien honor merece, no seríamos justos si no superamos el pensamiento concreto de aquellos que, por ignorancia o metraje político, no advierten la gran movilización que todos y todas como sociedad panameña, instituciones e incluso aquellos que guardaron resguardo en cumplimiento del mandato como mejor colaboración en la ruptura de la cadena de transmisibilidad, también son merecedores anónimos. Y aunque en la guerra han habido soldados caídos, del primer frente de batalla y de la reserva, cada uno, los que se fueron y los que aun estamos, compartimos el crédito de continuar de pie como nación y habernos crecido para enfrentar la adversidad. En este panorama global incierto hay algo cierto: que la gradualidad y la asimetría no tienen que ver con una manipulación psicotecnocrática de la salud pública, sino con la razón de ser de esta, el rostro humano de la pandemia; luego lo demás es añadido.
Hoy más que nunca, la sostenibilidad de los resultados dependerá de cómo nos unimos para conservar y mejorar lo hasta ahora avanzado, bajo una recuperación de la economía que va lenta, pero segura, porque retroceder ya no es una opción y para crecer saludablemente debemos mantener una elevada percepción del riesgo, pero sin miedos y de cara a la vida. Escribamos un nuevo capítulo en la pedagogía del manejo del virus, que sin vanaglorias estamos haciendo camino al andar, como libro abierto escrito en las páginas de las actuales y siguientes generaciones, quienes aprenderán de nuestros errores y de seguro superarán con creces cada acierto. No es una carrera de velocidad, pero demanda un tipo de resistencia que regule el calor de la crítica política vacía y la irresponsable juerga libertina que demanda libertades.
Cuidar el pan en la puerta del horno también requiere que aprovechemos esta normalidad en la que todas las cosas son hechas nuevas.
El autor es máster en salud pública y doctor en ciencias, educación social y desarrollo humano
