Nuestro escenario es una compleja estructura de relaciones bio–sociales que definen el entorno y la conducta del hombre. Sin embargo, el devenir industrial y sistémico digital ha creado nuevos paradigmas fuera de esa complejidad ecológica. Nuestras preocupaciones apuntan a dos aspectos determinantes de aquel conflicto socioambiental: la energía como recurso natural, y la calidad de vida como parte de un desarrollo.
Al dirimir estas hipótesis, es evidente que la organización social y cultural de cada nación obedece a la formación cognoscitiva que lleva a la población a decidir las ofertas basadas en el equilibrio entre las necesidades y los bienes naturales que componen un territorio político.
Pero en el marco de la codicia mercantil, estos recursos naturales –como agua y materia verde– se integran a la dinámica del mercado lucrativo imperante sin medir las consecuencias futuras.
Son miles de voces, que al observar sin un índice técnico–científico esta complejidad de mercado–ecológico, aspiran a la alternativa ético–moral de preservar nuestro estatus energético, en la planificación y autogestión de mecanismos tradicionales (reciclaje hídrico comunal) y tecnológicas (paneles solares, energía eólica y otros mecanismos de desarrollo limpio MDL) como forma de producción sin deterioro del ciclo biológico.
Por ende, un manejo integrado de los recursos naturales, específicamente el hídrico como fuente de energía, debe ser parte y estímulo de un programa de desarrollo que conlleve una decisión ciudadana en su calidad de vida y protección de su patrimonio ecológico. Al igual que una alternativa para el desarrollo de la sociedad y no para una demanda injustificada que el mercado depredador utiliza como políticas de exportación sin revertir beneficios a Panamá.
Este esfuerzo debe ser en función de una gestión ambiental que no solo evalúe la calidad de conocimiento requerido por una estrategia de desarrollo nacional sino que repose en la capacidad de captar los factores y relaciones más relevantes y significativas de un proceso ecológico y tecnológico en un momento histórico.
Toda esta realidad, desde la participación comunitaria en estos procesos de proyectos energéticos, debe complementar la cultura de los derechos humanos hasta los medios educativos para comprender los grados de consecuencias probables que puede ocasionar como supuestos remedios a un mal que es la escasez de agua para energía degradante.
La energía renovable sobre esa dirección debe encaminarse, con igualdad de oportunidad social y de desarrollo para una nación que vaya de la mano con la preservación de la ecología, la cual no debe ser una dependencia de las exigencias inoportunas y rampantes de un modelo de desarrollo que no es humano.
Con nuestro aprecio ético del quehacer nacional, no hay otra forma que construir la dinámica naturaleza–sociedad cuya esencia tenga la visión y misión humana de fomentar la calidad y salud ambiental.
