Testimonio

Enfrenté la incertidumbre y sobreviví a la Covid-19

Hace poco más de un mes, el 13 de mayo de 2020, salí del hospital al que ingresé en la medianoche del 5 de mayo, luego de haber permanecido cuatro días en un hotel de la localidad, en aislamiento por esta enfermedad.

Jamás pensé que iba a contagiarme; siempre vemos las enfermedades como algo lejano, sobretodo porque siempre he gozado de buena salud, y la única vez en mi vida que estuve tres días hospitalizada fue cuando tuve a mi niña en un excelente hospital privado. El haberme contagiado me causo un fuerte shock, estuve en negación hasta asimilarlo; fue en mi puesto de trabajo donde me contagié. Ese día éramos ocho personas y fui la única contagiada. ¿Por qué fue así? Solo Dios lo sabe, pero todo tiene un propósito y un aprendizaje… Ese resultado positivo lo recibí de un laboratorio privado el 30 de abril y el 1 de mayo ya estaba en el hotel. Me deprimí estando lejos de mi familia encerrada en una habitación, sin contacto con nadie, solo por teléfono. El lunes 4 de mayo tuve una cita virtual con un neumólogo, gracias a que mi hermana, que también es médico, la consiguió. Este neumólogo, en menos de tres minutos, determinó que debía ser trasladada al hospital para realizarme unas placas, pues me estaba quedando sin aire, no podía respirar. Llamé al doctor de turno, quien dos horas después me fue a ver; consideró que me encontraba bien y podía quedarme allí. Sin embargo, mi hermana insistió y logró mi traslado al Complejo Metropolitano de la Caja de Seguro Social, en esa madrugada. La atención fue rápida, las placas las tomaron y se sorprendieron al ver el grado de afectación de mis pulmones, pues soy joven y “sana”, no fumadora y sin ninguna condición de salud preexistente. La neumonía fue fuerte.

Me dijeron que el virus se había ensañado con mis pulmones; estuve un día en sala y cuatro días en semi-intensivo, con asistencia para respirar a través de una mascarilla, pegada a un tanque de oxígeno. No requerí el respirador. Después me pasaron a una sala donde estuve tres días más. Luego estuve una semana adicional en otro hotel, muy distinto al anterior, en el que la atención fue mucho más personalizada, me llamaban hasta tres veces al día, para conocer mi estado, e incluso el día que salí, coincidentalmente era mi cumpleaños; el personal me cantó con un dulce. No soy llorona, pero me emocioné al ver al personal de salud celebrar mi cumpleaños y darme una despedida tan emotiva.

Estaré infinitamente agradecida con todos los médicos, enfermeras, auxiliares y técnicos que me dieron una voz de aliento a cada momento. Si bien es cierto las instalaciones de salud públicas no son las mejores y hay muchas carencias de todo tipo, siempre estuve bien atendida y recibí todos los medicamentos que necesité, lo que hizo la diferencia.

Agradezco infinitamente por todo el apoyo recibido de mis compañeros y amigos; mención especial a mis jefes que fueron sumamente comprensivos y siempre estuvieron pendientes, y respetaron mi voluntad de no divulgar públicamente mi enfermedad.

Aprendí el significado de la resiliencia ante la adversidad y el de la fe, pues Dios nunca se apartó de mi lado, fue mi mayor sostén en los momentos más difíciles y de incertidumbre, junto a toda mi familia. Siempre pensé que en el evento que consideraba muy lejano, me contagiara, sería como un resfriado; que equivocada estaba. Aprendí a no dar nada por sentado y a agradecer por la salud, apreciarla y tratar de cuidarla.

No tengo aún mis pulmones al 100%, pero dice mi neumólogo que en aproximadamente cuatro semanas podrán estarlo. Ojalá todos siguiéramos las medidas de prevención que ya sabemos, pues pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte. No tenemos el futuro asegurado, pero sí podemos cuidarnos a nosotros y a nuestros familiares, especialmente los que son más vulnerables al contagio y tienen mayor riesgo de no superar la enfermedad.

La autora es abogada

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