[NOMINACIÓN A LA CORTE]

La entereza de Sotomayor

Del largo historial de Sotomayor, la derecha más delirante le reprocha su género, su origen puertorriqueño, un discurso y dos de los cientos de decisiones judiciales que ha hecho en su carrera.

La postulación de la juez Sonia Sotomayor a la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos hecha por el presidente Barack Obama me ha llenado de alegría.

Primero, porque ella se lo merece. Graduada en la Universidad de Princeton con los máximos honores, hizo su doctorado en jurisprudencia en Yale y fue editora de su prestigiada Revista de Leyes; trabajó como fiscal en los tribunales de Nueva York y luego en un despacho de abogados; George H. W. Bush la nombró juez federal de distrito y Bill Clinton a la Corte de Apelaciones. También ha sido profesora de la Facultad de Derecho de Nueva York y en la de Columbia, al tiempo que se ha desempeñado en las juntas directivas de organizaciones comunitarias. Su historia profesional es impecable.

También me entusiasma que la nominada sea una mujer. Para quienes creemos en la igualdad entre hombres y mujeres, su confirmación al puesto marcaría un avance hacia el equilibrio de género en una institución en la que los hombres tienen más del triple de representación. Con Sotomayor y Ruth Bader Ginzburg habría dos mujeres en el Tribunal Superior y siete hombres.

Me regocija también que por primera vez desde su establecimiento en 1789, llegue a la Suprema Corte de Justicia del país una mujer con apellido español.

Por último, la historia personal de Sotomayor ejemplifica a la perfección el triunfo de la entereza, la inteligencia y la voluntad de un individuo ante la adversidad. Hija de inmigrantes pobres y enferma de diabetes a los ocho años, Sotomayor creció en un vecindario del Bronx, soportó la muerte prematura de su padre y cumplió su educación primaria y secundaria destacándose siempre como la mejor de su clase.

Pero no todo el mundo comparte mi entusiasmo. Del largo historial de Sotomayor, la derecha más delirante le reprocha su género, su origen puertorriqueño, un discurso y dos de los cientos de decisiones judiciales que ha hecho en su larga carrera. Para Rush Limbaugh, Newt Gingrich y Tom Tancredo, Sotomayor es una juez “racista” cuyo activismo violentaría el espíritu de las leyes para favorecer siempre a los desposeídos.

El discurso que le reclaman fue pronunciado en la Universidad de Berkeley en 2001 y es una rigurosa y honesta reflexión sobre los límites de la imparcialidad absoluta en el trabajo del juzgamiento. Los jueces, dijo Sotomayor, deben aspirar a cumplir los preceptos que sugiere la ley del Tribunal Superior y a superar sus prejuicios aunque no siempre lo logran porque uno es su circunstancia, su experiencia y su herencia.

Las dos decisiones que le reclaman sus detractores tienen más que ver con una interpretación neutral de dos leyes que contienen lenguajes ambiguos que con una postura ideológica inflexible. Pero ni Limbaugh, ni Gingrich ni Tancredo están interesados en un debate racional sobre los méritos de sus decisiones.

Lo irónico es que Limbaugh, quien en uno de sus programas le dijo a uno de sus radio escuchas identificado como de raza negra: “quítate el hueso de la nariz y después hablamos”; O Gingrich, quien durante su gestión como líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes dijo que la educación bilingüe, “era enseñarle a los niños el lenguaje del gueto”; o Tancredo, a quien la diversidad de Miami le parece “de país tercermundista”, acusen a Sotomayor de ser “racista”.

Afortunadamente para el país, para las mujeres, para la comunidad, para el Tribunal Supremo y para Sotomayor, lo más probable es que el Senado la confirme una vez que se ventile su expediente en las audiencias. Si no por moderación porque saben que un voto en su contra muy probablemente sería visto como un ataque a una comunidad que cada día crece más políticamente, se afilia al Partido Demócrata y opina que los republicanos no quieren a los inmigrantes. Es decir, en el partido que no quiere a Sotomayor militan los enemigos de nuestros amigos, nuestros parientes y nuestros antepasados.


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