En los acuerdos del Pacto del Bicentenario, respecto al tema de la cultura, se puede leer lo siguiente en referencia a las bibliotecas: “Las bibliotecas son pocas, están inadecuadamente gestionadas y poco integradas en sus comunidades; el equipamiento cultural es deficiente y carece de mantenimiento. La población, por su parte, desconoce su rol e importancia”.
Existen estudios que han demostrado que la calidad de vida de las personas mejora cuando están relacionadas con la presencia de una biblioteca. La antropóloga en lectura, Michael Petit, ha registrado experiencias de lectura con jóvenes de barrios pobres en las periferias de las ciudades francesas. En sus trabajos podemos leer varios testimonios de encuentros de jóvenes con la biblioteca y cómo estos equipamientos los ayudaron a tener una visión más general del mundo y de su vida personal; además de las nociones de movimiento y encuentro que son modificadores del destino.
Dice Petit: “La biblioteca es una de las instituciones más generosas, más hospitalarias, que han inventado los humanos. Uno de esos pocos lugares que, por lo menos hasta ahora, escapan a la simple lógica de la ganancia”. Es decir, en la lógica de un mundo que se rige por el mercado y la competencia, las bibliotecas generan encuentros de socialización que ayudan a resistir la realidad.
El tema de la lectura y las bibliotecas está estrechamente vinculado a la educación, pero también es un problema del sector cultura, porque las políticas de lectura devienen de procesos de gestión cultural y son vitales para el desarrollo. Además, es algo que debería de preocupar al sector privado, porque una sociedad sana contribuye mejor al progreso económico.
En Panamá, históricamente, ha habido iniciativas a favor del libro, la lectura y las bibliotecas, que han quedado acuñados en el tiempo. No es poca cosa lo hecho, pero hemos descuidado lo esencial: su sentido. ¿Por qué en nuestro país el sistema de bibliotecas públicas es tan precario y por qué la comunidad ha perdido, si es que algún día lo tuvo, el vínculo personal con la biblioteca como espacio poético de convivencia? ¿Por qué no se reconoce la importancia de las bibliotecas en un país con tantas oportunidades de desarrollo?
No es coherente culpar de este olvido a las nuevas formas de comunicación. Si fuera verdad, ¿cómo se explica que en países con más desarrollo tecnológico que el nuestro las bibliotecas son instituciones representativas de suma importancia? Estos extraños santuarios, donde se custodian libros, han sido, desde tiempos pasados, símbolo de poder. Irene Vallejo, en su libro El infinito en un junco, nos narra cómo los emisarios de Ptolomeo II iban cabalgando sorteando peligros de toda clase, solo para buscar libros que formarían la gran Biblioteca de Alejandría.
Para los soberanos de esos días idos, las bibliotecas eran una forma de poder. Las bibliotecas constituían verdaderas instituciones que representaban el desarrollo de la civilización. Escribe Irene Vallejo que cuando el rey preguntaba a Demetrio de Falero, el encargado del orden de la biblioteca, cuántos libros tenían ya, Demetrio lo ponía al día sobre la cifra: «Ya hay más de veinte decenas de millares, oh Rey, y me afano para completar en breve lo que falta para los quinientos mil». El hambre de libros desatada en Alejandría empezaba a convertirse en un brote de locura apasionada.
Hoy no contamos con la Biblioteca de Alejandría; las llamas la consumieron hace siglos. Es imposible imaginar la magnitud de aquella tragedia. Miles de millones de libros se han quemado y perdido en otros innumerables incendios y guerras. Aun así, todavía tenemos bibliotecas majestuosas en el mundo. Pero, en nuestro país, no son las llamas ni las guerras las que han consumido las bibliotecas, sino la indiferencia y la ignorancia de los gobiernos que, a diferencia de Ptolomeo II, no han valorado el conocimiento y la información como instrumentos del desarrollo.
Esto apunta a una serie de malestares producto de la falta de inversión en ciencia, educación y cultura, que son la principal causa que impide cerrar brechas estructurales que frenan el desarrollo sostenible. Las bibliotecas son espacios donde se puede reflexionar y tomar decisiones, crear propuestas y proyectos para confrontar temas como la degradación ambiental, la contaminación, el consumismo y derroche de recursos, la desigualdad, la descomposición política, el clientelismo, la ausencia de proyectos y programas democráticos, los problemas de género y la violencia doméstica, entre muchos otros males que son el pan de cada día.
Si queremos hablar de desarrollo debemos retomar el diálogo sobre la importancia del mantenimiento, actualización y creación de bibliotecas públicas. Los acuerdos del Pacto del Bicentenario señalan la necesidad de fortalecer el sistema nacional de bibliotecas públicas y escolares; revisar las normativas técnicas de funcionamiento y desarrollo de esos sistemas; modernizar las infraestructuras y equipamientos; formar y capacitar al recurso humano de las bibliotecas públicas; el fortalecimiento de la función de la Biblioteca Nacional como centro depositario del patrimonio documental panameño, y actualizar e implementar el plan nacional de lectura y programas de lectura, escritura y oralidad en las bibliotecas.
Se ha descuidado tanto el tema de las bibliotecas, que pareciera que no se ha hecho nada en materia de promoción de lectura en el país. Sin embargo, la historia de la lectura y las bibliotecas en Panamá tiene hitos que son un referente importante en la construcción de la nacionalidad panameña. Tal vez, solo por eso, sería prudente y sensato que una agenda nacional incluyente de desarrollo sostenible que busca cerrar brechas, debería empezar a partir del rescate de sus bibliotecas, como sitios casi sagrados donde la ciudadanía se reúne para afrontar los desafíos y pensar en el futuro.
El autor es escritor

