Duele. Desde la caída de Kabul el domingo, duele. Al otro lado del mundo, la mitad de los seres humanos que habitan Afganistán, un país de más de 31 millones de habitantes, parece haber quedado condenada a la esclavitud física, al abuso, a la ignorancia y en miles de casos a la muerte del cuerpo, sin mencionar la del espíritu, como las que se produjeron por interpretaciones literales y brutales de la Ley Sharia, que nace del texto del Corán, la última vez que el Talibán controló Afganistán entre 1996 y 2001.
Esa mitad son las mujeres de todas las edades y condiciones y… ¡duele! Y la condena viene de manos de muchos verdugos, no solo el extremismo religioso, también un sistema de leyes y justicia perversos y el flagelo de la corrupción.
Mujeres que no conozco -y quizás nunca conoceré- pero que son hermanas allende los continentes, que viven el horror de no ser consideradas como seres humanos con capacidad de voluntad propia, supeditadas a la servidumbre de un imperativo biológico: tener útero, y un imperativo social falaz de ser inferiores a los varones, declaradas como tal por clérigos y jueces -varones todos- donde las leyes y los textos religiosos son porosos y se aplican indistintamente, como si el desarrollo del pensamiento socio-político -o la decodificación del genoma- jamás se hubiese dado. Las afganas -entre la impotencia y la incertidumbre- se encuentran hoy a merced de una primera promesa publicada el martes por el régimen talibán: “respetar a las mujeres según los principios del Islam”. Principios que perpetúan esquemas de protección, control, obediencia y dependencia como si de la propiedad de un animal doméstico se tratara.
Las interpretaciones del Corán difieren, al igual que con la Biblia, y la del Talibán es la más despiadada y brutal. Este desprecio de base por las mujeres es conceptual y emocionalmente tan inaceptable como el racismo en el pensamiento humanista moderno y proviene de miedos atávicos que ya no tienen cabida en el mundo contemporáneo. Lo mismo puede decirse del pensamiento que interpretando pasajes de la Biblia, pretende despojar a las mujeres de su libertad y autodeterminación, proporciones guardadas claro está, cuando se compara con las flagelaciones y ejecuciones públicas de mujeres llevadas a cabo por el Talibán. Pero no nos engañemos: todo comienza con ideas falaces que el miedo articula.
Los medios internacionales desmenuzan desde la caída de Kabul el domingo, lo que un Afganistán controlado por el Talibán significa para el terrorismo y el cuadro de geopolítico global, en el patio trasero de los gigantes China y Rusia, y la influencia regional sobre Pakistán, India y el propio mundo islámico. A su vez, muchas voces y medios de occidente se han alzado analizando el impacto para las mujeres afganas y de la región. Las pérdidas que deja el experimento fallido de veinte años de Estados Unidos en ese país son muchas, pero más que los billones en armamento y equipo bélico que queda ahora en manos del Talibán, la pérdida de mayor valor es el retroceso en los derechos humanos de todos, no solo de las mujeres; porque una sociedad donde la mitad de las personas pierde la voz y su derecho a la vida, pierde también la capacidad de evolucionar.
Durante las últimas semanas, frente al avance militar imparable del Talibán, región tras región, y la rendición casi inerte de las tropas de seguridad, han surgido numerosos reportes sobre la voraz corrupción del depuesto ejecutivo y las propias estructuras altas y medias del ejército. Los reportes indican que la decepción en las tropas frente a la corrupción, sumadas a las necesidades socio económicas, las estructuras tribales de gobierno y las convicciones religiosas -aunque no fueran fundamentalistas- son algunas de las causas de que la mitad del país diese la bienvenida al Talibán, antes de querer defender una construcción social que implica la evolución de derechos fundamentales mínimos para las mujeres.
En años recientes las Naciones Unidas reconoció el fenómeno de la corrupción pública, como una violación en sí misma a los derechos humanos. Se considera, generalmente, que el impacto de la corrupción se centra en los derechos económicos, sociales y culturales, pero no es así, es también de especial impacto en los derechos civiles y políticos, ya que suele capturar a las instituciones que deben defender estos derechos. En Afganistán se han cruzado de forma desgarradora estos dos fenómenos: la corrupción rampante ha destruido los logros iniciales para proteger desde la ley y el estado a las mujeres.
Desde el exilio los ex líderes políticos gozarán de sus millones ordeñados a la cooperación estadounidense, los jueces y los imanes interpretarán la ley desde una óptica falaz de superioridad natural del hombre, mientras millones de mujeres afganas se quedan sin voluntad sobre sus cuerpos y sus vidas. ¿Será el inicio de otro holocausto de niñas y mujeres?
Duele. Pero, sobre todo: da rabia hasta llorar.

