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Protesta ciudadana

Entre la vergüenza y la indignación

Me declaro culpable, culpable por omisión, porque siento que no he hecho lo suficiente por el devenir de mi patria, lo que pudiese condenar a mis hijas a crecer en un pueblo violento, sin oportunidades, sin bienestar alguno o en el peor de los casos condenándolas a tener que emigrar, enfrentándose en un país extraño a alguna politiquera, con parte de su ascendencia también extranjera, que pudiese utilizar la xenofobia y la ignorancia de su pueblo en contra de ellas, con el único y mezquino fin de incrementar sus réditos y caudales políticos, los cuales a su vez, quien sabe que otros beneficios ocultos y desconocidos por nosotros le generan.

Me da vergüenza que nuestra supuesta justicia sea incapaz de proteger a los débiles e indefensos, especialmente cuanto esta indefensión se manifiesta sin desparpajo o disimulo alguno, con singular prominencia cuando el acusado es un “honorable” político o exfuncionario de alta jerarquía, un “acaudalado” empresario y/o simplemente es uno que es “amigo” de las “personas” correctas. Una vergüenza continua y acrecentada diariamente con una “justicia” a la que se le acusa continuamente de tráfico de sobres de papel manila con contenidos impropios o por un descarado intercambio de favores, una “justicia” sesgada, putrefacta y coja.

Cada nueva actuación que se da en nuestro entorno, nos demuestra que el ciudadano es cada vez más cómplice y menos víctima, que ya no vale el decir que no me enteré que, no es mi asunto, que no es el momento o que es mejor no opinar, es ahora que finalmente debemos voltear la cara y exigir el lugar que nos corresponde como ciudadanos, porque no somos nosotros los que trabajamos para los “Órganos del Estado”, son estos los que deben trabajar para nosotros, pero no es cierto que los que están dentro de los que hasta hoy podemos denominar como verdaderas cloacas, son venidos del espacio, son otros ciudadanos a los cuales nuestra desidia y desinterés les ha permitido llegar ahí e inclusive perpetuarse en innumerables cargos públicos, jactándose de esas “proezas”, las cuales deben ser por lo menos las mayores vergüenzas de un ciudadano ético y que aspira a un país correcto, equitativo, pero sobre todo justo.

Me indigna sobre manera llegar a una concentración y que seamos ocho, diez o máximo cincuenta personas que exigimos un cambio real, un giro de timón hacia buen puerto, que finalmente quienes ostentan el poder del Estado cumplan al menos unas pocas de los cientos de promesas que hacen en cada campaña y cuyo cumplimiento se hace cada vez más necesario para evitar una hecatombe, la cual se percibe cada vez más cerca. Me indignan los que sólo hacen protestas en las redes y no son capaces de compaginarlas con una tarde bajo el sol entre gotas de sudor, simplemente exigiendo lo correcto, ojalá y despertemos antes que sea tarde, antes que pasemos del sudor de una protesta a la sangre de un enfrentamiento, como en innumerables ocasiones ha registrado la historia del mundo y la nuestra en particular.

El autor es abogado


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