La entrega a la policía británica, dizque voluntaria, de Julian Assange, fundador y dueño de Wikileaks, ha sido un episodio de los que cabe calificar con las palabras de García Márquez: crónica de un final anunciado. Vivimos en un mundo global pero no sólo a los efectos de la circulación de noticias, fotografías y palabras gracias a internet.
También cuenta la globalización del acoso. Al fin y al cabo, un ejército expedicionario internacional se fue hasta las montañas recónditas de Afganistán en busca de Bin Laden no a causa de la amenaza que supone Al Qaeda sino como venganza por los atentados de las Torres Gemelas. Que no se le encontrase es harina de otro mucho más primitivo costal: para huir de la mano justiciera, Bin Laden tuvo que desaparecer de hecho de la superficie del planeta, viviendo como eremita tránsfuga de cueva en cueva y sin detenerse jamás.
A no ser que muriese en alguno de los bombardeos de castigo. Pero convertirse en anónimo sin pasar por ese calvario, es decir, permaneciendo en una ciudad europea, o americana, o de donde quiera que exista aglomeración urbana, no es factible ni siquiera echando mano del recurso de la vuelta a las catacumbas que es el olvidar el móvil y pagar en metálico.
La noticia de su captura no decía dónde fue detenido un Assange que ya había decidido de todas formas la rendición. Sólo sabemos que le reclama un juzgado sueco como sospechoso de un delito sexual. ¿Delito sexual? Semejante figura conduce los recursos de la ironía y el eufemismo hasta la gloria.
Porque si alguien es capaz de creerse que la alarma y el odio generados por el alma de Wikileaks tiene que ver con el sexo y no con los papeles de la diplomacia estadounidense entregados a la prensa, debería hacérselo mirar. Para que tal recurso cuele hay que ampliar antes el concepto políticamente correcto de conducta sexual desviada para que quepa en él la violación de secretos de Estado y los abusos llevados a cabo con los pobrecitos embajadores, espías y ministros a los que Assange ha sometido a desdoro sin fin.
Viene ahora la ceremonia o, si se prefiere, el vía crucis del interrogatorio, la acusación, el juicio y la condena de Assange que, a todas luces, no podrá quedarse en los oscuros hechos imputados de manera formal. Habrá que entrar a saco en lo que supone la utilización del universo informativo como ejercicio para pasar, de acuerdo con las ideas de Chomsky en materia de paradojas relativas al conocimiento, del mundo de Platón, formado por datos parciales y escasos, al de Orwell, con una cantidad ingente de detalles que nadie puede abarcar.
En el transcurso de ese viaje es probable que se defina lo que es el nuevo orden mundial en el que ya no se trata de saber quién manda, como apuntaba Humpty Dumpty en la obra de Lewis Carroll, sino de estar al tanto acerca de cómo lo hace. Para concluir, tal vez, que quien manda ahora es el mensajero y, por esa misma regla de tres, lo que procede es matarlo con gran aparato pirotécnico y cuanto antes.