El pasado 28 de enero la revista en línea Foreign Policy (www.foreingpolicy.com) publicó un análisis titulado “El éxito de Panamá está desafiando las ciencias políticas”, analizando lo que su autor, el académico James Loxton, califica como “una de las historias de éxito político y económico más sorprendentes de América Latina”. Se trata de resumen a parir de su ensayo titulado “El excepcionalismo panameño” publicado el mes pasado en el Journal of Democracy (Revista de Democracia) accesible aquí: https://muse.jhu.edu/article/843614
El análisis hace énfasis en algunos de esos resultados atípicos que tanto sorprenden afuera del país y adentro, aunque por razones distintas. Cuatro elementos que el autor señala como excepcionales y que etiqueta como “éxito”, son a grandes rasgos (y como los entiendo) los siguientes:
-un proceso de democratización que se inicia a partir de una acción militar violenta de los Estados Unidos, y que se mantiene sin retrocesos autoritarios, ejemplo casi único desde la Segunda Guerra Mundial;
-que el partido político que más éxito ha tenido electoralmente, tres veces ha ganado la presidencia, es el PRD, criatura de la dictadura militar y que todavía enarbola ideas del dictador Torrijos;
-crecimiento económico más acelerado de América Latina antes de la pandemia, con un promedio de 5.9% anual entre 1990 y 2019, con el ingreso per cápita (en papel) más alto de la región, que nos ha clasificado como un país de alto ingreso. La oprobiosa distinción, es que de los 53 países calificados en el mundo como de “alto ingreso” somos el más corrupto en el Indice de Percepciones de la Corrupción de Transparencia Internacional (IPC) cuya edición 2021 fue publicada el pasado 25 de enero. La excepcionalidad aquí viene por vía de plantear la idea de que la corrupción no ha impedido el crecimiento económico;
-el manejo exitoso del Canal de Panamá a partir del año 2000, un ejemplo de gestión exitosa y “limpia”, sin interferencias politiqueras ni de corruptelas, cuyos aportes a la economía nacional alcanzó la cifra récord de 2,080 millones de dólares.
El autor llega a la preocupante conclusión de que la experiencia de Panamá, donde el “crecimiento económico” coincide con el retorno y permanencia del sistema democrático, es un ejemplo que puede utilizarse para responder al reto que las olas de autoritarismo plantean en un mundo afectado económica y políticamente por la pandemia.
Pero... ¿lo es?
La conclusión excluye la realidad más lacerante del ese excepcionalismo laudado como “éxito”: que el crecimiento económico no ha alcanzado a la mayor parte de la población panameña. Que nuestro Gini Index para 2019 fue 49.8 y que va a la baja, que la informalidad ha crecido durante la pandemia a aproximadamente 55%, que el empleo formal con prestaciones es casi un privilegio, que la calidad de la prestación de los servicios por parte del Estado en salud, educación, vivienda, transporte y justicia es francamente deficiente, que somos uno de los países con mayor índice de desigualdad de la región. Y todas estas situaciones han sido agravadas por la pandemia. La matemática que nos califica como país de alto ingreso es más que fría y académica: se divide el PIB anual del país, entre el número de habitantes, y voilá somos todos ricos….
También excluye la realidad de que nuestro sistema democrático, hace aguas. Que torneos electorales cada cinco años -y la transferencia del poder político al ganador- por sí mismo no constituye una democracia funcional. La falta de separación de poderes, la impunidad, la falta de acción efectiva de las instituciones de control y el impacto a los derechos humanos y las libertades, nos coloca al borde de las democracias fallidas por la falta de institucionalidad.
La corrupción vista casi como factor inocuo ante los números del crecimiento económico, es un abordaje sesgado que ignora la relación entre la corrupción y ese progreso que no llega a la mayoría de la población. El propio Banco Mundial ha señalado que “la corrupción impide la inversión, con los consiguientes efectos sobre el crecimiento y el empleo. Los países capaces de hacer frente a la corrupción utilizan sus recursos humanos y financieros de forma más eficiente, atraen más inversiones y crecen más rápidamente”. Hay una conexión directa entre la corrupción sistémica que vivimos en el país, el tipo de inversión que atraemos, la captura del estado por intereses económicos particulares, la falta de voluntad política para generar el cambio y los defectuosos marcos de lucha formal contra la corrupción, que van desde la decisión discrecional al más alto nivel ejecutivo, hasta la junta comunal del más pequeño pueblo. Los cuadros clientelares impactan directamente toda la vida económica de los ciudadanos.
La visión externa sobre Panamá, puede quizás darse el lujo de creer que “éxito’ puede definirse viendo parte de la realidad, y no el panorama completo. Es casi como el turista que ve la línea de los rascacielos de vidrio en nuestra capital y no tiene que ver ni oler la alcantarilla que se desborda de aguas negras debajo. Nosotros, los vivimos en el país no podemos. Son precisamente esos puntos ciegos, los que más están socavando y amenazando la frágil e imperfecta democracia que tenemos.
La autora es abogada y escritora

