[DE LA PLUMA A INTERNET]

Lo escrito, escrito queda

Durante mi última estancia en Panamá, fui a un restaurante de playa con unos amigos y nos hicimos fotos, y a las pocas horas, una instantánea mía bebiendo una cerveza a pico de botella estaba colgada en ‘Facebook’.

El cartero recorría el barrio con una bolsa de cuero al hombro rebosante de sobres que iba repartiendo de casa en casa. Anunciaba su llegada con un silbato, y a medida que leía en voz alta el nombre de los afortunados que ‘‘tenían carta’’, las puertas de los apartamentos se abrían y los vecinos aprovechaban el breve encuentro para saludarse o quejarse del frío en invierno y del calor en verano. El cartero, sin embargo, no se limitaba a sus funciones primarias. Se alegraba cuando recibías lo esperado y, en caso contrario, no permitía que perdieras la esperanza: ‘‘Seguro que mañana te llega, ha habido algunos retrasos hoy’’.

Cuando España empezó a modernizarse, se colocó en los portales unas casillas con el nombre de cada inquilino y parte de la magia desapareció, como ocurre siempre que el contacto humano es sustituido por un sistema más ágil, más eficiente y más frío. Aun así, las cartas de amor y las de amigos y familiares llenaban las ausencias e impedían que se rompieran nudos afectivos amenazados por la distancia. Gracias a ellas los lazos humanos se mantuvieron unidos antes de que el mundo entrara en la vorágine de la prisa, y si no han terminado de desatarse es porque el correo electrónico y las redes sociales han hecho resurgir el género epistolar, pero como hablar de las bondades del sistema sería muy aburrido, me limitaré a señalar los matices que diferencian al viejo y al nuevo método.

Escribir cartas con pluma y en papel era un arte, y requería, además, seguir unas normas determinadas. La principal de ellas era la convicción de que lo escrito, escrito queda, por lo que el cuidado del lenguaje y del tono eran las primeras precauciones a tener en cuenta. Cuando hablamos, acompañamos nuestras palabras de un gesto o una sonrisa que pueden minimizar el disgusto o el reproche, en tanto que hacerlo por escrito resulta contundente y definitivo. De ahí que era costumbre ‘‘dejar reposar la carta’’ unas horas y volver a leerla en frío para comprobar que nada hubiera en ella de ofensivo o que fuera motivo de equívoco.

El correo electrónico o las redes, sin embargo, se prestan a la respuesta instantánea y desenfadada, por lo que en más de una ocasión, escribimos o colgamos hoy lo que quizás no escribiríamos ni colgaríamos mañana.

Durante mi última estancia en Panamá, fui a un restaurante de playa con unos amigos y nos hicimos fotos, y a las pocas horas, una instantánea mía bebiendo una cerveza a pico de botella estaba colgada en Facebook. Si una imagen vale más que mil palabras, mi reputación está arruinada. Nadie me manda tener fama de gente seria y comedida.

Por lo demás, la cerveza estaba helada y buenísima. Escribir una carta era un acto íntimo, de recogimiento, en el que se plasmaba la imagen de sí mismo y se ponía en ello la vida: renglones rectos, sin borrones ni tachaduras (solo las inevitables), buena sintaxis y mejor ortografía, y una expresión fluida que abarcaba desde la narración hasta la descripción, pasando por el pensamiento filosófico y un tinte de humor que evitara la solemnidad o la petulancia. Puedo afirmar que el ejercicio epistolar fue, para muchas plumas famosas, la mejor práctica de su creatividad. Para el resto, fue lo que nos obligó a ordenar las ideas y a darles forma lógica y coherente.

Las generaciones que hemos pasado de la pluma a internet, escribimos aún cuidadosamente, revisando el texto y con lujo de detalles. Puede decirse entonces que el género epistolar goza de buena salud y de un renacimiento. La mayoría de los jóvenes, sin embargo, lo tienen más difícil. He aquí una muestra cualquiera: ‘‘Ey pelao el trip noe s donde JB sino en Chichos abisa a la people y que denel money’’. Pero ellos se entienden.

La figura del cartero sigue existiendo en España.

Ya no llevan la bolsa al hombro. Una especie de carrito trasporta la correspondencia. El contenido también ha cambiado. En lugar de cartas de amor o de amigos nos deja en la casilla facturas y propaganda. Por eso yo, en cuanto llego a casa, enciendo la computadora para ver si tengo carta.


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