Los resultados decepcionantes de Panamá en el Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE) 2019 del Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación (LLECE) , una evaluación pre-pandémica, no consideran los efectos devastadores de una educación a distancia en emergencia, ofrecida durante dos años.
Panamá tiene un saldo deudor con su niñez y su juventud, que debe pagar con altos intereses. Esta coyuntura es crucial puesto que inciden en el futuro de generaciones y en la propia capacidad de desarrollo del país.
La educación no puede ser un tema de interés de temporada. Abundan los titulares y la cobertura mediática al inicio o al final del año escolar o cuando se presenta el resultado de una prueba nacional o internacional. Nos indignamos cuándo constatamos la precariedad de infraestructuras vergonzosas e inapropiadas; cuando se evidencia que nuestros estudiantes finalizan el año lectivo con serias deficiencias; cuándo no somos capaces de retenerlos en la escuela o cuando nos vemos en lastimosa desventaja en comparación con los resultados de países vecinos. Es evidente la pobreza e inequidad de nuestra oferta educativa. Revertir esa tendencia es clave para alcanzar la tan anhelada educación incluyente y de calidad.
Aplicar pruebas formativas en el aula y pruebas diagnósticas estandarizadas nacionales e internacionales coadyuvan a medir la magnitud del reto y conocer los “factores asociados” capaces de incidir sobre los aprendizajes. Los factores asociados son variables qué inciden en el desempeño del estudiante: el contexto o la comunidad donde vive; el centro educativo al que asiste; el entorno familiar en el que se desenvuelve y las limitaciones intrínsecas del alumno. Es factible construir un mapa de ruta que ofrezca, desde cualquier ámbito social, una alternativa y una propuesta de mejora de las oportunidades educativas de nuestros niños y jóvenes fundamentado en los hallazgos de las pruebas estandarizadas. Ya sabemos que el desempeño de nuestros estudiantes de tercer y sexto grado es menor al de sus pares en la región. Ya el informe McKinsey aporta tres valiosas conclusiones en 2008:
1. “La calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes”
2. “La única manera de mejorar los resultados es mejorando la instrucción”
3. “El alto desempeño requiere del éxito de todos los niños”. ¿Conclusiones? No habrá resultado exitoso mientras no mejoremos la calidad de nuestros docentes en servicio quienes, a su vez, deben mejorar sus prácticas pedagógicas en el aula; y comprender que para que haya resultados significativos todos sus estudiantes deben aprender con calidad e inclusión.
¿Cómo trascender el diagnóstico que surge de las Pruebas Nacionales Censales CRECER, de las Pruebas PISA y, por supuesto, ahora de la prueba ERCE, comparable con la prueba TERCE?
Más allá de la evidente involución en el desempeño de nuestros estudiantes en era prepandémica, preocupa que mientras muchos no alcanzaron los niveles mínimos, sí hay alumnos que logran resultados deseables de aprendizaje. En el país y, en ocasiones, en un mismo centro educativo, hay realidades educativas altamente dispares. Aflige que los niños pobres, estudian en entornos pobres. ¿Cómo no tener resultados pobres?
Para ganarle la lucha a la mediocridad educativa, debemos enseñar a nuestros estudiantes a pensar; formar en competencias, actitudes, habilidades y destrezas, que trasciendan el uso de la memoria.
La lectura comprensiva se hace indispensable; superar la descodificación a fin de lograr procesos cognitivos más sofisticados; cultivar el pensamiento crítico y la resolución de problemas. Necesitamos que las oportunidades de aprendizaje lleguen a todos; con padres de familia que se comprometan a dar seguimiento a los procesos de aprendizaje de sus vástagos; que se preocupen porque cursen el parvulario ¿Y por qué no? Que tengan acceso a la educación inicial. Requerimos líderes pedagógicos que demuestren interés en los resultados de sus alumnos, que les den seguimiento y ofrezcan estrategias de aprendizaje, creando vínculos psico y socioemocionales con sus estudiantes. Hay que hacer del hecho educativo una causa nacional en la que nos involucremos todos.
Tenemos la responsabilidad ética y moral de reescribir la historia de la educación; añadir protagonistas; sumar responsabilidades; hacernos parte de la solución; y prometernos no dejar nuevamente solas a las escuelas. ¡Nos necesitan!
La autora es analista en educación
