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Abuso a menores

Estado cómplice, violador

¿Incompetencia generalizada, crimen organizado o una combinación de ambas? Eso está por definirse, pero, en cualquier caso, no se trata de casos aislados, sino de crímenes de lesa humanidad.

Sí, así como suena: crímenes de lesa humanidad. Como el Holocausto, el genocidio de Ruanda o las desapariciones forzosas de la dictadura en Panamá. Nuestros niños sufren en los albergues en los que, atrozmente, han sido y siguen siendo tratados como subhumanos, como objetos de descarte. Sistemáticamente, estos inocentes son violentados y torturados.

El Estado, en toda su omnipotencia, los saca de ambientes de riesgo, pero en lugar de protegerlos y velar por su bienestar, con la mayor desfachatez los engaveta cual trapos viejos en lugares de alta peligrosidad, en donde no conformes con violarlos sexualmente, los denigran sirviéndoles de comer alimento para perros, atentan contra su salud física al sustituir sus medicamentos por rezos y limitan su desarrollo integral esposándolos cual criminales.

Claro que el Estado es cómplice y violador, pero por si queda alguna duda, aquí el por qué:

• Mides: responsable de asignar presupuesto y fiscalizar a la Senniaf.

• Juzgado de familia: los jueces, cuando deciden reubicar a un menor, deben constatar la situación del menor en el nuevo sitio.

• Senniaf: su función es corroborar que los albergues cumplan con las condiciones y los niños albergados estén en una situación digna.

• Minsa: responsable de realizar una evaluación y preparar un expediente con las condiciones de salud de cada uno de los niños que son admitidos a los albergues.

• Mingob: debe recabar informes sobre la conducta de las ONG y fundaciones que manejan los albergues, para decidir si se les mantiene la personería.

• Meduca: debe dar seguimiento a la educación que reciben los niños en los albergues y constatar para qué se usa la beca universal que entregan.

• Contraloría: debe auditar los fondos públicos entregados a las ONG y fundaciones que manejan los albergues.

• Defensoría del Pueblo: debe constatar que los albergues cumplan con los requerimientos mínimos de la Convención Sobre los Derechos del Niño.

• Ministerio Público: debe ordenar las medidas de seguridad para proteger a las víctimas, asegurar las pruebas e imputar.

El Estado les ha fallado y nosotros les hemos fallado. Ellos son los hijos de la desigualdad, de la criminalización de la pobreza, de los resignados, los que creen que no tienen derechos o voz. Porque, a riesgo de volver esto un tema de clases, si estos fueran los hijos del privilegio, ya habría cabezas rodando.

Tenemos que asumir nuestra responsabilidad; debemos enfrentar las implicaciones morales de quedarnos inmóviles. Este es un tema que nos compete a todos. Nadie debería descansar hasta que los niños estén a salvo. Nada, absolutamente nada en este país, en este momento, puede ser más importante que el hecho de que estén torturando y violando niñas y niños. Nada es más importante que ponerlos a salvo. Ni la pandemia, ni la economía, ni la cuarentena, ni el trabajo de Judy Meana, ni el avión de Martinelli. Nada es más importante.

Tener paciencia, esperar y cogerlo con calma es peligroso. Cada día que estos niños pasan encerrados a merced de sus depredadores es un día en el que sus vidas corren riesgo. Un día más de tortura, de sufrimiento. No podemos ser tan indolentes. Esto es sentido común; no confundamos nuestra desidia, nuestra inercia, nuestra apatía, con pacifismo. Qué sencillo se hace pedir paciencia cuando no eres tú el que sufre estas atrocidades.

Si hay un momento para actuar, es ahora. Si hay una justificación para actuar, es esta: niños torturados. Esto no puede esperar. ¡Esperar nos hace cómplices! No podemos dejar que esto se olvide. La alternativa al olvido es el dolor constante de esos niños en completa desesperanza. Olvidarlo es dejarlos a su suerte. No podemos ser cómplices por omisión. No podemos.

Como sociedad, no creo que sea posible que caigamos más bajo. Ya no parece quedar nada sagrado; ni la integridad de nuestros niños. No permitamos que esto quede en el olvido: es hora de hacernos responsables y llevar la lucha hasta el final. Despierta Panamá. Defendamos lo que es correcto.

La autora es psicóloga, empresaria y propietaria de restaurante


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