De lo estadounidense en lo panameño

La búsqueda de la homeostasis sociocultural es parte de la seguridad íntima de sentirse distinto y seguro de su valer. Me pregunto si estamos en ese punto

Hablar de influencias respecto de algo que llamamos cultura panameña es partir de la premisa de que ya conocemos qué es la cultura panameña. En realidad, si nos vamos a los detalles, nos daremos cuenta de que aún no sabríamos decir qué es eso. Lo cual no quiere decir que no exista. En la década de 1940, Ralph Linton, un antropólogo estadounidense, presentaba en su libro una lista de rasgos culturales que cualquier ciudadano común estadounidense podría manifestar entre los objetos de su cultura material, desde las pantuflas hasta la pipa para fumar, como productos de los aportes de numerosas sociedades, desde las indígenas de Norteamérica, hasta las culturas chinas, africanas y europeas. Con ello quería recordarnos que somos sociedades cuya forma de existir, en lo material y en lo espiritual, han sido el producto de las interacciones con muchas otras sociedades del mundo, particularmente desde el siglo XV con las exploraciones geográficas, el comercio y las conquistas de unos pueblos sobre otros. La adopción de objetos y formas de pensar de otras culturas en lo que podríamos llamar nuestras formas de hacer las cosas, o denominar una cultura propia. Es lo que hace la identidad y la nacionalidad de la cultura, llámese panameña o nicaragüense o colombiana.

Es interesante que nos reconozcamos en estas influencias y cómo las adaptamos, según lo que entendemos que ha sido y es la cultura estadounidense. La impronta de esta cultura o de sus subculturas o el american way of life, como se diría, sobre la nuestra no ha dejado de ser importante, especialmente después de haber tenido al lado, en la ex Zona del Canal, un modelo particular y en parte artificial, por poco menos de un siglo, especialmente un siglo de avances tecnológicos y científicos exponenciales. Su reconocimiento puede ayudarnos a entendernos como panameños, particularmente cuando pensamos que tales influencias, llamadas en una época penetración cultural (que en muchos aspectos no han dejado de serlo), se han desarrollado en una atmósfera de ambivalencias nacionalistas y cosmopolitas, frente al temor a dejar de ser lo que creemos que somos o hemos sido.

Una lista de estas influencias podría ser extensa. En el lenguaje ya se ha analizado los anglicismos frecuentes en el habla del panameño. Desde carro, okey, pasiero, frikeado, etc., junto con todo el lenguaje de los medios de comunicación de la actual revolución tecnológica. O, como en las fiestas, particularmente la doble cantata en el ritual de los cumpleaños, como si repitiéramos la lectura de un alto-stop, como parte de una misma palabra-concepto, o las fiestas del Halloween, de moda en los años 40, y ahora parte de una celebración "muy panameña", acompañada del día de gracias o Thanksgiving, para ser más exacto, o el énfasis en la fiesta de Navidad desde la fecha del 25 en vez del 6 de enero, Día de reyes, casi destinado a desaparecer; la suplantación en algunos casos o yuxtaposición del Nacimiento por el árbol de Navidad, con toda su parafernalia de adornos, casi todos modelos importados. O, en la comida, desde el pavo, en vez del chancho, o ambos, al dulce de frutas, en vez de aquellos humildes dulces caseros de antes, que ya ni recordamos. Y no se diga en la comida cotidiana, donde lo dulce se mezcla con lo salado, o la coca cola y las papitas, como complementos, a veces. Y en estos días, la práctica de colocar huevitos en el Domingo de Pascua, una transposición de la misma práctica pero en el día de Halloween.

En el deporte, por supuesto, el béisbol, el básquetbol, que entraron temprano en nuestra cultura deportiva, y ahora el fútbol americano, y muchos otros, que forman parte de una rica tradición deportiva panameña. Y si no fuera por las ricas manifestaciones musicales del campo panameño, y lo que queda de los recuerdos de una época de oro de la música latinoamericana, toda nuestra cultura musical popular sería heredera de los modelos estadounidenses. La cultura de la violencia parece tener su asiento igualmente en modelos musicales estadounidenses (sin descontar los mariachis mexicanos, de moda en los años 40 y 50), así como derivados de los programas de entretenimiento que nos proporciona la televisión. Digo entretenimiento como eufemismo, pues es el término formal estadounidense para todo producto de filmación, bajo el supuesto de su condición inocua.

Y si vamos a las instituciones, pensemos en las influencias de las instituciones promovidas o copiadas de los estadounidenses, desde las corporaciones paraestatales hasta la hibridación de la Constitución, con principios jurídicos de tradiciones romanas y sajonas. El coffee break, la hora lunch o el lonche, según la clase social. Nada más pana que nombrar los nuevos edificios en inglés, seguros de poder atraer la atención sin ira de un transeúnte estadounidense, convencido de que podría haber llegado a un puerto propio. Como país de tránsito es entendible nuestra receptividad a lo extranjero, pero no el rechazo de lo nacional como negativo. Si la adopción de modelos extraños se hiciera en contextos creativos, como en el caso de los japoneses, tendríamos resultados distintos. Somos un país con mayor diversidad cultural que lo estadounidense como accidente en nuestra realidad cotidiana.

Todas las culturas cambian; algunas lo hacen más rápido cuando entran en contacto con otras. Los pueblos eligen o son obligados a elegir, por persuasión directa o indirecta, modos de vida que reemplazan a los tradicionales, probablemente considerados como obsoletos, en la lucha por la supervivencia. Pero las culturas tienen además cierta tendencia al auto equilibrio cuando llegan a un punto en que pueden sentirse que no son ni chicha ni limonada, como decimos aquí. La búsqueda de la homeostasis sociocultural es parte de la seguridad íntima de sentirse distinto y seguro de su valer. Me pregunto si estamos en ese punto.


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