El problema del poder es un problema histórico, de doctrina y de filosofía, y de orden práctico, concreto, para la acción humana. De allí que tratar sobre este tema es, antes que todo, plantearse muy severas y difíciles interrogantes. Pudiera parecer ocioso participar en una discusión filosófica sobre el poder; pero desde que existe la historia del pensamiento humano el hombre siempre se planteó la esencia de la naturaleza del poder, porque en cierto modo este es una presión y una relación de dominio, de subordinación de unos hombres a otros.
Resulta lógico, entonces, que desde el principio de la historia surgieran las primeras inquietudes y se desarrollaran las interrogantes básicas: ¿Qué hacer con el poder? ¿Qué fines persigue? ¿Cómo organizarlo? ¿De qué modo hacerlo y practicarlo? Todo esto es parte de una vieja inquietud del ser humano y de la contribución de los hombres de pensamiento a la cuestión esencial de cómo organizar la sociedad humana. Por muy distintos caminos los filósofos griegos llegaron al mismo tema, y el más famoso de todos, el que contribuyó en los orígenes del pensamiento occidental a crear la doctrina del poder fue Platón. Las preguntas que Platón sembró y las respuestas que dio, siguen siendo, en gran medida, las mismas que por una vía u otra damos hoy al problema del poder político.
Hoy tenemos el poder nacional, muy distinto a cualquier otro anterior en la historia, y probablemente diferente al que se produzca en el futuro. El poder nacional se identifica con un hecho histórico fundamental: el Estado nacional es el poder identificado con el Estado y el Gobierno de una nación. El poder de los reyes medievales y de los príncipes renacentistas era muy distinto, fundado como estaba sobre ejércitos propios, sobre el reclutamiento de clientelas políticas o militares.
Cuando Rousseau formula la primera doctrina democrática de la soberanía, lo que cambia es la titularidad de la soberanía: el soberano no es el rey sino el pueblo. Rousseau no pensaba necesariamente en la soberanía nacional tal como existe hoy; pensaba que cada ciudadano era depositario de la soberanía. Posteriormente la doctrina evoluciona y substituye la concepción de la soberanía popular por soberanía nacional. La substituye porque si se aceptaba la soberanía popular, todos los ciudadanos tenían derecho a voto.
La consulta del sufragio popular es posterior, una de las conquistas más importantes de la democracia, a cuyo ejercicio nos hemos acostumbrado, en contraste con el concepto de democracia restringida según el cual votaban únicamente los privilegiados.
El Estado nacional ejerce el poder sobre un territorio y un grupo de personas que forma la población de ese Estado. El territorio es el elemento identificador por excelencia del poder político y del Estado nacional, porque casi siempre la tierra se la vincula a los hechos políticos, y con mucha razón: La tierra es el escenario donde el hombre actúa; la acción creadora de la producción, especialmente en las viejas sociedades agrarias, se hace sobre la tierra; el hombre vive sobre la tierra; los ejércitos se desplazan sobre la tierra; es decir, que el elemento tierra constituía un valor excesivamente gravitante sobre el poder político.
De allí vino el gran auge que tuvieron posteriormente algunas novedades intelectuales del siglo XX, como lo fue la geopolítica. Pero la geopolítica tuvo y tiene cada vez más una gran importancia, pues valoriza un elemento básico de la vida del Estado: el elemento tierra, la composición física, el elemento físico de la acción política, el agua, los ríos, el fondo de los mares. Todo esto entra en la geopolítica, en la valorización política de la naturaleza, en la valorización política del factor físico.
Además, la ecología, tiene hoy un valor administrado por la democracia. Pues no hay ninguna razón, por ejemplo, para que el aire puro y las aguas limpias, las áreas verdes de la ciudad, los árboles de los parques, sean solo privilegio de un sector de la sociedad y no de toda la comunidad. Por esa valoración ecológica, la estimación política de la naturaleza ha entrado efectivamente, en los factores de poder.
Hoy no basta que un país democrático tenga la división del poder en Ejecutivo, Legislativo y Judicial, lo cual es muy importante, pero no es suficiente. Además, se requiere una división entre el poder económico y el poder político, que éste no esté subordinado a aquél ni a ningún otro poder.
¡El poder político tiene una naturaleza autónoma porque es el poder de la sociedad!