El ocaso anunciaba el final del día, cuando al caminar por la Avenida 3 de noviembre, en la ciudad de David, después de dejar el salón universitario y una exquisita clase de economía dirigida por el Dr. Javier Lasso De La Vega, observé a cierta velocidad una camioneta 4x4, conducida y ocupada por guardias nacionales en arreos de combate. En su interior era visible el señor Danilo Caballero, único civil, que leería, como en efecto así fue, la "proclama" de los militares que daban un golpe de estado al derrocar al presidente Arnulfo Arias Madrid, a los 11 días de haber ascendido al poder.
La alocución militar daba cuenta de la intención de los alzados de, entre otras cosas, llamar a elecciones populares a los seis meses, mentira que con elocuencia singular sustentan los 21 años de dictadura que tuvimos que soportar los panameños, junto a los nueve restantes de un decálogo que nunca cumplieron.
Aquella noche que, como todas, no fue eterna en el planeta, sí marcó para muchos física y psicológicamente, porque la fuerza de las bayonetas, alimentadas por la soberbia, la persecución despiadada y el temor a las almas de civiles con profunda vocación democrática, empezaron a empujar hacia las cárceles panameñas a dirigentes políticos, gremiales y a opositores, en términos generales, en aras de silenciar las voces que pudieran repudiar el golpe a la democracia.
Estas detenciones masivas, particularmente de ex colaboradores del recién depuesto presidente, no solamente privaron de libertad a sus víctimas; también condujeron al oprobioso ejercicio de la tortura en todas sus manifestaciones; a inconcebibles humillaciones y al vulgar irrespeto al derecho de honorables ciudadanos. También al ostracismo, ya que muchísimos civilistas fueron obligados a abandonar el país.
Reinó a partir de aquel momento la ley del terror; el régimen militar disolvió la Asamblea Nacional, a los partidos políticos; suspendió las garantías individuales y sociales consagradas en la Constitución nacional.
Los militares, coronel Omar Torrijos y el mayor Boris Martínez, aparecían como los amos de los dictados. Los comandantes José María Pinilla Fábrega y Bolívar Urrutia Parrilla quedaron en la silla presidencial en calidad de figuras decorativas, una especie de guirnalda en el poder usurpado. El binomio golpista designó a su imagen y semejanza a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia; al Procurador General de la Nación y al de la Administración. El gabinete estuvo formado por políticos adversos al presidente derrocado, muy a pesar de la furibunda campaña del nuevo régimen contra los "políticos partidistas".
El panejirismo lisonjero, la adulación oportunista y las plumas genuflexas que surgieron en la ocasión, pronto denominaron "proceso revolucionario" al golpe militar y muy a pesar de los golpes y contragolpes que los militares se daban entre sí, se consolidó el liderazgo del general Torrijos, que con apoyo exógeno debía librar "una batalla" por la recuperación del territorio de la Zona del Canal, con un pueblo embozalado, con las libertades públicas conculcadas y con un aparato militar como únicosustento en el poder.
De aquel pasado triste y desagradable para la población decente, para los demócratas por convicción y para una juventud que creció huérfana de las oportunidades que tuvo la de los años 30, 40 y 50, que han dejado profundas huellas de nacionalismo férvido y voluntad creadora, nos quedan lúgubres recuerdos, maldita herencia y cicatrices gigantes que empañan, para siempre, aquel paréntesis de oscuridad democrática, de ausencia del estado de derecho y de libre juego de las ideas.
Entre los desaciertos que desvirtuaron la estancia de los militares en el poder contamos: la desaparición y muerte del padre Jesús Héctor Gallego, de Rubén Oscar Miró, Floyd Briton, Dorita Moreno, Palacios Salinas, Julio Samudio, Rita Wald, Jorge Falconet, Marlene Mendizábal, Guzmán Baúles, Heliodoro Portugal, el padre Van Klieff, Hugo Spadafora, Moisés Giroldi y demás compañeros, al igual que la de aquellos que por razones de espacio omitimos. ¿Cuánto horror, cuánto dolor, cuánta sangre dejó a su paso el generalato en el poder?
A ello hay que agregar la reiterada vergüenza de llevar hasta cinco marionetas a la Presidencia de la República, en un quinquenio; los monstruosos fraudes electorales custodiados por la fuerza armada; la comisión de escandalosos peculados y atracos al tesoro público, que alcanzaron a muchas instituciones, entre ellas, a la Caja de Seguro Social y al Banco Nacional de Panamá. La exhibición de un nepotismo sin precedentes en la historia política de la nación panameña y el enriquecimiento ilícito de ladrones de cuello blanco que en cualquier otro país estarían en la cárcel y no disfrutando de bienes mal habidos.
Como corolario de la bota en el poder, los panameños tuvimos que soportar la enfermiza tiranía del más sanguinario, cínico y ladrón de los comandantes, al general Manuel Antonio Noriega, a los oficiales corruptos que lo rodearon y a los civiles que se prestaron para degradarse a la más mínima expresión, desvirtuando su condición humana y el honor que debe distinguir a un ciudadano que aspira a servir a la nación con dignidad y con decoro.
Queda claro, eso sí, que quienes dieron el golpe militar del 11 de octubre de 1968, están descalificados para hablar de una intervención "ante el estado de deterioro que vivían las instituciones" en la época, pues ellos rebasaron con creces la inmundicia que, sin duda, llevaron sobre sí los gobiernos anteriores.
El autor es educador y fue legislador de la República