Con la aparición de una nueva cepa (término que se le da a una bacteria, virus u hongo que tiene el mismo patrimonio genético) altamente virulenta (poder de ataque de una enfermedad) de Escherichia coli en Europa, en donde casi han sido afectadas 3 mil personas y de estas 27 han muerto, es más que comprobado que nos enfrentamos a un inminente peligro: las superbacterias. Aunque esta resistencia es consecuencia de una evolución natural, deberíamos tener claro que la acción de los antibióticos es una presión ambiental hecha por el hombre, que forza a estos microorganismos a mutar (cambio de la información genética), convirtiéndolos en resistentes a los antibióticos; pero lo más delicado es transmitiendo esta cualidad de resistencia a sus futuras generaciones.
En el año 2005, la Organización Mundial de la Salud (WHO por sus siglas en inglés) hizo un llamado de atención a todos los países sobre la resistencia antimicrobial. En ese estudio, el 90% de las bacterias aisladas (encontradas) en diferentes especies animales y hombre eran resistentes a los antibióticos más comúnmente usados como primera elección (por ejemplo, tetraciclina y otros).
En los animales, al igual que los humanos, el uso de antibióticos causa un incremento en la resistencia de las bacterias a los antibióticos. Bacterias resistentes de los animales pueden infectar o producir enfermedades al hombre por contacto directo o por la ingestión de alimentos contaminados. Estas bacterias resistentes además pueden colonizar (establecerse) en el humano y transferir o intercambiar material genético de resistencia (por ejemplo plásmidos) a otras bacterias localizadas tanto en los animales como los seres humanos.
Desde finales de la década de 1960, muchos países europeos adoptaron medidas para combatir este problema. Hoy día, estos países son “celosos” y mantienen un estricto control en la venta y uso de antibióticos tanto en medicina humana como veterinaria. En nuestro país, es necesaria la concienciación a nivel profesional y el cumplimiento de normas que regulan la venta de estos productos antimicrobianos.
Recuerden que aun cualquier ganadero puede ir a una farmacia veterinaria, comprar cualquier antibiótico e inyectarlo a sus animales como práctica normal de nuestra ganadería. Esta simple acción, practicada desde hace varias décadas en Panamá, podría ser la causante de un incremento a resistencia bacteriana en nuestra población.
