[CALIDAD DE VIDA]

Una gira de felicidad

Mi única decepción fue pedalear hasta Kastellet para ver la famosa escultura de La Sirenita, solo para enterarme de que se la habían prestado a China.

La felicidad es viral. O, al menos, se contagia temporalmente, como aprendí durante un viaje reciente a Dinamarca, Suecia y Noruega. Los pueblos nórdicos no tienen fama de ser los más alegres del planeta. En general, se les considera sombríos y severos, además de que supuestamente no tienen oído para la música. Pero una encuesta reciente de Gallup, publicada por Forbes.com, contradice la mayor parte de ese mito popular.

Su encuesta de 155 países revela que Dinamarca tiene el porcentaje más alto de gente satisfecha con su vida (82%), seguida por Finlandia (75%), Noruega (69%) y Suecia (68%). Entre los países del norte y sur de América, Costa Rica quedó en primer lugar (63%), con Canadá en segundo (62%) y Panamá en el tercero (58%). Estados Unidos quedó en quinto sitio (57%), con México a poca distancia (52%).

La felicidad, tal como es medida por Gallup, nada tiene que ver con reír y bailar. Se basa en el nivel de satisfacción de la gente con lo que la rodea, y toma en cuenta factores como familia, amigos, empleo, cuidado de la salud, escuelas, criminalidad, gobierno estable, corrupción y una percepción generalizada de bienestar.

Es verdad que los ciudadanos de los países escandinavos pagan altos impuestos y los jóvenes tienen problemas para conseguir buenos empleos. Pero mi recorrido de más de una semana me dejó una impresión favorable de su forma de vida en general. Poco después de haber aterrizado, de vacaciones después de varios meses de reportar sobre los esfuerzos para tapar el derrame de petróleo en el golfo de México, y los esfuerzos de Estados Unidos para encontrar fuentes de energía renovable, me encontré paseando en bicicleta por los caminos perfectamente señalizados y seguros de Copenhague. No iba solo. Medio millón de daneses usa sus bicicletas para transportarse diariamente en la capital, una tercera parte de la población.

Vivo en Miami, con una población similar a la de Copenhague, y donde casi no hay vías exclusivas para los ciclistas. En Miami uno se juega la vida si quiere ir al trabajo en bicicleta.

Por eso mi sorpresa al darme cuenta de que todo es accesible en Copenhague en bicicleta, desde los Jardines de Tívoli hasta la comuna libre de Christiana. Mi única decepción fue pedalear hasta Kastellet para ver la famosa escultura de La Sirenita, solo para enterarme de que se la habían prestado a China. (¿Se imaginan prestarle la escultura del David italiano o la Diana mexicana a los chinos? Eso se llama un souvenir.

La gran noticia es que el ejemplo de Copenhague es repetible, y quien desee saber cómo, le recomiendo www.copenhagenize.com. La encantadora e incomparable ciudad de Estocolmo, Suecia, también puede recorrerse en bicicleta. El visitante puede pasar de una isla a otra, circulando por sus puentes y vías bien marcadas que hacen obsoletos a los que deben ser los taxis más caros del mundo. Fue emocionante recorrer en dos ruedas la ciudad que es el escenario de la trilogía Millennium de Stieg Larsson.

Aunque, claro, incluso en el paraíso hay grietas. Mi bicicleta, alquilada en Estocolmo, me fue robada por no haberla encadenado correctamente frente al museo Vasa (donde hay un imponente barco vikingo). Pero fue un tipo decente. Tras el robo, el amable ladrón entregó anónimamente mi bicicleta más tarde y no me la cobraron. La mayoría de los países europeos tiene un extenso sistema que te permite tomar una bicicleta en una parte de la ciudad y dejarla en otra. Es relativamente barato y funciona muy bien, a menos, claro, que te roben la bicicleta.

En Oslo, donde se ha perfeccionado el arte del silencio, las bicicletas se están convirtiendo en un antídoto contra el ruido y la contaminación de los autos privados. El recorrido en bicicleta de la casa del dramaturgo Henrik Ibsen al Museo Nobel en el puerto, y de allí al palacio real, es cuestión de minutos: solo requiere un par de rodillas fuertes. Mi fascinación por los países escandinavos va más allá de dos ruedas, una cadena bien aceitada y un manubrio con timbre. En todos lados de esta región se pueden ver los esfuerzos por utilizar energía verde; el reciclaje ha dejado de ser la moda del movimiento ambientalista para convertirse en costumbre, la comida orgánica reemplaza rápidamente a la rápida (incluso en las comidas servidas en las aerolíneas) y la tecnología parece tener un solo propósito: humanizar las ciudades, hacerlas más vivibles, caminables y accesibles a las bicicletas.

Y como si todo esto fuera poco, el verano escandinavo me regaló tardes interminables, con luz natural hasta la medianoche. Por mi trabajo casi nunca puedo disfrutar las noches. Pero en estas vacaciones tuve las veladas más largas y agradables de mi vida.

Es verdad, mi experiencia en Dinamarca, Suecia y Noruega sería muy distinta en el invierno oscuro y helado. Sin embargo, por ahora me quedo con la absoluta convicción de que si uno visita los países más felices del mundo, algo se le pegará, y entonces podrá traer esa felicidad a casa para compartirla con los amigos y familia.


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