Aquella mañana del 7 de octubre de 1968 un pequeño auto Renault R-4 se detuvo frente al Cuartel Central de la Guardia Nacional (GN) en la Avenida A, en El Chorrillo. El capitán Roberto Díaz Herrera, vestido de paisano, caminó a paso redoblado hacia el despacho del coronel Omar Torrijos Herrera, secretario ejecutivo de la Comandancia. Torrijos tenía los ojos enrojecidos, y le sacaba fumadas extras a un recortado habano. Le quedaba poco en el cargo: el presidente Arnulfo Arias Madrid lo había trasladado como agregado militar a El Salvador.
Díaz Herrera había tomado del mismo purgante; de la Guardia Presidencial fue transferido a la Zona Militar de Coclé. Ese día pidió permiso para ir a Santiago, Veraguas, a pedirle a su suegro, Abel Tapiero, un camión para vender refrigeradoras. Sus estudios de milicia en Lima, Perú, se iban por el lavabo.
Torrijos era desde hacía 15 años el secretario ejecutivo del general de Brigada, Bolívar Lilo Vallarino, comandante en jefe de la Guardia Nacional. Sin embargo, ya no mandaba.
Díaz Herrera, hoy coronel retirado, relató que en la oficina se encontraba Pedro Pellín Valdés, de Seguridad del Estado, por lo que intuyó que ya Torrijos era vigilado. Díaz Herrera se acercó a suprimo hermano y le increpó: ¿tú no vas a reaccionar, a sabiendas que hay muchos oficiales que te respaldan? Torrijos le lanzó una bocanada de humo en la cara y lo despidió con un ¿ya terminaste? El golpe estaba en camino.

