Los rayos gamma están compuestos por fotones de muy alta energía y en ocasiones de muy corta, cortísima longitud de onda. Los producidos en el espacio exterior no atraviesan las capas altas de nuestra atmósfera, así que para poder detectar la fuente de la que proceden –Gamma Ray Burst, GRB en su acrónimo anglosajón–, explosiones de estrellas si hablamos de los GRB de mayor energía, es preciso hacerlo mediante telescopios en órbita.
El pasado mes de abril, el telescopio Swift de la NASA detectó una explosión muy lejana, GRB 090423, la más alejada de nosotros que se había descubierto nunca. De inmediato el fenómeno fue seguido por los telescopios UKIRT de Hawai y Galileo de La Palma. Un mes más tarde, el telescopio Fermi detectó el GRB 090510. La revista Nature acaba de publicar los estudios que analizan esas explosiones de energía gigantesca y distancia casi inimaginable.
Viniendo de tan lejos –GRB 090510 se encuentra a 7 mil millones de años luz de nosotros– las explosiones galácticas que dieron lugar a esas emisiones de rayos gamma tuvieron que ocurrir hace mucho tiempo, el necesario para que hayan podido alejarse tanto de nosotros dentro de un universo en expansión. Se considera que GRB 090423 estalló sólo 630 millones de años después de que tuviese lugar el Big Bang. Nunca se había atisbado nada procedente de objetos tan remotos.
Al margen de la valía de unos datos que nos hablan acerca de los límites temporales y espaciales de nuestro universo, los estudios acerca de GRB 090423 y 090510 han dado pie a que se vuelva sobre el mayor problema teórico al que se enfrenta la física conocida: las dificultades para lograr una interpretación unificada que sea capaz de reunir en un solo modelo lo que nos describen por separado la mecánica cuántica respecto del comportamiento del mundo atómico y la relatividad general en lo que hace a los acontecimientos estelares.
Aunque es obvio que los átomos y las galaxias se encuentran en el mismo universo y deberían, por tanto, obedecer a idénticas leyes, esa integración entre lo inmenso y lo diminuto no se ha logrado jamás por enormes que hayan sido los esfuerzos para intentarlo.
En un comentario publicado en la misma revista, el profesor de La Sapienza de Roma Giovanni Amelino–Camelia utiliza una metáfora excelente para explicar lo que sucede. Al mirar las galaxias contemplamos el océano, pero la mecánica cuántica entiende el espacio–tiempo como los granos de arena que forman la playa a la que llegan las olas. Esos “granos de arena” tendrían un tamaño del orden de 10 elevado a menos 35 metros. Los rayos gamma procedentes de GRB tan intensos y lejanos como los ahora descubiertos tienen a su vez una longitud de onda tan corta que podrían permitirnos, en opinión de Avelino–Camelia, distinguir entre el océano y la arena. Quizá por esa vía logremos entender el universo, aunque sólo sea mediante el arcano de las ecuaciones diferenciales.